El final del verano. Yasujiro Ozu.
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El final del verano (Yasujirō Ozu, 1961): El laberinto doméstico y el crepúsculo de la tradición
Ficha técnica:
Título original: Kohayagawa-ke no aki (The End of Summer / Autumn for the Kohayagawa Family)
Título en español: El final del verano (o Otoño de la familia Kohayagawa)
País: Japón
Año: 1961
Duración: 103 minutos
Dirección: Yasujirō Ozu
Guion: Kōgo Noda, Yasujirō Ozu
Música: Toshirō Mayuzumi
Fotografía: Asakazu Nakai (Color - Agfacolor)
Montaje: Yoshiyasu Hamamura
Producción: Sanezumi Fujimoto, Masakatsu Kaneko
Productora: Toho
Distribución original: Toho
Distribución en España: Sherlock Films / Wanda Visión
Calificación por edades: Apta para todos los públicos
Formato de visionado: DVD / Colección particular
Intérpretes: Ganjirō Nakamura, Setsuko Hara, Yōko Tsukasa, Michiyo Aratama, Keiju Kobayashi, Chishū Ryū, Reiko Dan, Haruko Sugimura, Hisao Toake
Sinopsis:
Manbei Kohayagawa es el veterano patriarca al frente de una pequeña destilería tradicional de sake en Kioto, un negocio familiar que languidece asfixiado por las deudas y la feroz competencia de los grandes consorcios industriales modernos. Mientras la familia intenta buscar una salida económica concertando matrimonios de conveniencia para la nuera viuda, Akiko, y la hija menor, Noriko, el anciano desconcierta a todos: finge una actitud infantil y aprovecha los juegos cotidianos con su nieto para escabullirse por los pasillos de la casa y visitar a una antigua amante de juventud con la que tuvo una hija ilegítima. Entre la picardía cómica, los silencios del tatami y la inminencia de la pérdida, el clan asiste al cierre definitivo de una época histórica.
Crítica:
Frente a la urbe hipertrofiada de Tokio y la masa de asalariados uniformados que pueblan dramas como Primavera precoz, en El final del verano Yasujirō Ozu traslada su mirada a Kioto y Fushimi, el corazón artesanal e histórico de Japón. Aquí la vida transcurre sobre las casas de madera y el tatami; no hay sofás occidentales ni barreras pesadas, sino una cotidianidad que descansa a ras de suelo, obligando a los cuerpos a una reverencia física y a una contención en la que el conflicto nunca estalla en portazos.
La casa tradicional japonesa se erige como una magistral protagonista del relato. Con sus corredores perimetrales y sus tabiques correderos (shōji y fusuma), la vivienda decora y modula el espacio mucho más de lo que aísla. Los rituales domésticos, el aseo y las conversaciones íntimas quedan expuestos a miradas y susurros a través del papel de arroz, exigiendo un pacto tácito de pudor colectivo. Ozu aprovecha esta cualidad laberíntica en una secuencia memorable: el anciano Manbei jugando al escondite con su nieto. Lo que aparenta ser un juego infantil es en realidad una audaz táctica de despiste para sortear la estricta vigilancia de su hija mayor y fugarse a visitar a su antigua amante. En lugar del dramatismo occidental sobre la infidelidad, el director opta por la ligereza del vodevil oriental, donde el anciano se agacha, corre y se oculta tras los paneles con la complicidad ingenua del niño, mucho más cercano a su espíritu vital que la rigidez calculadora de los adultos.
Esa aparente solvencia de la burguesía de Kioto esconde, sin embargo, una decadencia irreversible. El negocio artesanal de sake se ahoga frente al Japón del milagro económico, simbolizado por la vecina y moderna Osaka, de la que Ozu solo nos permite contemplar sus estridentes anuncios luminosos y sus neones nocturnos reflejados en el río. Por eso las mujeres de la casa todavía dependen de las citas concertadas (miai): el intento desesperado por enlazar a la nuera viuda (una soberbia Setsuko Hara) con hombres solventes que salven el patrimonio familiar, mientras la juventud reclama tímidamente el derecho a decidir su propio destino.
La despedida, coronada por la mítica escena de los campesinos lavando verduras en el río mientras observan a lo lejos el humo del crematorio y los cuervos descansando sobre el tejado, encierra la esencia misma del mono no aware: la belleza triste y serena de la transitoriedad. Ozu firma una de sus obras más luminosas y a la vez crepusculares, capturando con ironía y ternura el instante exacto en que un mundo antiguo se desvanece ante nuestros ojos.
Claves de análisis y producción
La singularidad del Agfacolor: A diferencia de sus trabajos anteriores para Shochiku, Ozu rodó esta película para los estudios Toho, utilizando el sistema de color Agfacolor, que aporta una calidez terrosa y otoñal, con llamativos acentos rojos en teteras, vestidos y farolillos que contrastan con la madera de Kioto.
El contrapunto cómico de Ganjirō Nakamura: El patriarca encarnado por Nakamura rompe la figura solemne y abnegada habitual de los ancianos en Ozu (como el canónico Chishū Ryū, quien aquí queda relegado a un breve papel de monje budista), entregando un personaje travieso, vitalista y un punto egoísta.
Setsuko Hara y la dignidad contenida: En su penúltima colaboración con Ozu antes de su definitivo retiro del cine en 1962, la actriz borda el papel de la viuda Akiko, un personaje que resiste con templanza y una sonrisa enigmática las presiones familiares para volver a casarse.
Etiquetas (Tags):
Yasujiro Ozu, El final del verano, Kohayagawa ke no aki, Setsuko Hara, Ganjiro Nakamura, Cine Japones, Cinelodeon
Créditos de la publicación:
Análisis crítico y reflexiones: Rosa Labrandero (Directora de cinelodeon.com)
Revisión y edición editorial: Sileno IV



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