Contextualización de Julio César de Mankiewicz.
Julius Caesar (Joseph L. Mankiewicz, 1953): Ficha de identificación y crítica
Publicado por CMRL
Bruto, el hijo de Servilia —amante constante de César perteneciente a una de las familias más poderosas de Roma, los Servilios—, ha pasado a la historia por una única razón: matar a César.
Para aviso a lectores desprevenidos, Theodor Mommsen perfila la figura del estadista romano de este modo magistral:
«La monarquía de Julio César no era el despotismo oriental por la gracia de Dios, sino la monarquía que Cayo Graco había querido instaurar, la misma que fundaron Pericles y Cromwell: la propia nación representada por
su supremo e ilimitado mandatario. En este sentido, las ideas que inspiraban la obra de César no eran realmente nuevas; pero fue él quien les dio realización, que es siempre y en último término lo que decid e. A él corresponde el mérito de la grandeza de su ejecución, la cual habría sorprendido incluso al hombre genial que concibiera la idea si hubiera podido presenciarla; llenó, llena y llenará por siempre de la más profunda emoción y admiración a quien la contempló en la realidad viva o la contempla hoy o haya de contemplarla mañana reflejada en el espejo de la historia, cualesquiera que sean la época histórica a que pertenezca o las ideas políticas que profese, en la medida de su capacidad de comprensión para la grandeza históric a y humana». — Theodor Mommsen, El mundo de los Césares (Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 22-23).
Introducción histórica: Desmontando el mito senatorial
Algunos, como afirmaba Pierre Vilar, creen que las cosas en el pasado funcionaban tal y como las juzgamos en el presente, pero nada dista más de la realidad. En Roma, un dictator no era un tirano en el sentido moderno del término; era una magistratura extraordinaria y constitucional elegida en épocas convulsas para resolver una crisis gravísima. Valga el ejemplo de Lucio Quincio Cincinato (519-430 a.C., en la transición de la monarquía a la república, citado por Tito Livio en Ab Urbe Condita), un patricio que había sido cónsul y general, que labraba sus campos con sus propias manos y fue llamado en dos ocasiones para ejercer dicha magistratura antes de retirarse de nuevo a su arado.
Cierto es que la dictadura de César se prolongó de manera vitalicia, pero esto fue la consecuencia directa de la actitud del patriciado: a lo largo de décadas, la oligarquía fue asesinando sistemáticamente a todos los tribunos de la plebe alineados con las reformas populares para desarticular los derechos del pueblo. Cicerón, elogiado con frecuencia como el gran retórico de la antigüedad, persiguió a Catilina con discursos incendiarios cuya violencia oral muchos dudan que pronunciara de forma tan desaforada en el Senado, y llegó a ordenar la ejecución de Léntulo sin juicio previo. El orador no era ajeno a la corrupción ni a la especulación inmobiliaria.
Muchos de los viajeros que hoy pasean por Roma y se asoman al mirador abierto sobre la Vía Sacra ignoran que allí mismo se alzaba la Roca Tarpeya, bajo la cual se exhibían las cabezas decapitadas; justo al lado quedaba el Tullianum o Cárcel Mamertina —un calabozo de custodia y castigo, pues los romanos no concebían la pena privativa de libertad como condena—, con un pozo central a través del cual los cadáveres de los ejecutados eran arrojados directamente al Tíber (Tevere).
Ficha de identificación
Título original: Julius Caesar
Título en España: Julio César
Claves contextuales para leer a Shakespeare y el film de Mankiewicz
Cayo Julio César pertenecía al corazón mismo de la vieja nobleza patricia. Miembro de la gens Iulia, vinculaba su linaje con Julo Ascanio, hijo del troyano Eneas y de Creúsa; ostentaba los tria nomina (praenomen, nomen y cognomen) y cumplió escrupulosamente cada peldaño del cursus honorum:
Cuestor en la Hispania Ulterior.
Edil curul patricio en Roma.
Pretor y, finalmente, cónsul en el año 59 a.C.
En el ámbito sagrado, fue nombrado Flamen Dialis (sacerdote de Júpiter) en su adolescencia y, con posterioridad, investido como Pontifex Maximus.
Sobrino político de Cayo Mario y yerno de Cinna, obtuvo el proconsulado sobre la Galia Transalpina, Iliria y la Galia Cisalpina. De aquellas campañas militares nació su obra capital, De Bello Gallico (La Guerra de las Galias), redactada para rendir cuentas de cada movimiento militar ante sus enconados adversarios políticos, los Optimates. Hizo circular el texto en rollos de papiro o pergamino independientes, rehuyendo el códice que él mismo promovió para evitar que se amputara o manipulara el manuscrito arrancando páginas.
Concluido el plazo decenal exigido por la ley entre consulados, César solicitó concurrir de nuevo a los comicios in absentia (sin entrar en Roma como ciudadano desarmado). El Senado rechazó arbitrariamente la petición, pese a habérsela concedido poco antes a Pompeyo en una maniobra de flagrante parcialidad.
César optó por responder al desafío cruzando con sus legiones el Rubicón —un modesto curso fluvial que delimitaba la frontera militar de Italia— y marchó sobre Roma. No se trataba de un arrebato despótico: el Senado exigía que licenciara a sus tropas antes de pisar suelo itálico, un suicidio político y físico después de que las bandas armadas de los Optimates hubieran asesinado a tribunos de la plebe como Publio Clodio Pulcro (quien plebeyizó su nombre para ostentar la magistratura popular) y apaleado en la Curia a Marco Antonio cuando intentaba presentar el pliego de concordia de César. Así arranca su segunda crónica testimonial: De Bello Civili (La Guerra Civil).
Cuando César emprende las campañas galas ya era un consumado gobernante. Había ejercido como cónsul sénior (el más votado de la pareja consular) en el 59 a.C. Tuvo como colega a uno de sus mayores adversarios, Marco Calpurnio Bíbulo, quien, incapaz de frenar sus reformas agrarias, se recluyó en su casa declarando los días como nefastos para paralizar la vida jurídica comicial, tentativa que fracasó. Respaldado por Pompeyo y Craso en el acuerdo sellado en Lucca, César articuló el primer triunvirato: la conjunción exacta de ascendente político, mando militar y músculo financiero.
Historiadores de la escuela clásica han subrayado que César ganó la Galia más con la azada que con la espada. Sus prodigios de ingeniería —el tendido del puente sobre el Rin en diez días, las calzadas de aprovisionamiento, las empalizadas higiénicas y el asedio concéntrico de Alesia— desarticularon a las tribus galas por pura superioridad logística. Rara vez dedica páginas a ensalzar actos individuales de arrojo militar.
Napoleón Bonaparte, formidable estratega, estudió y anotó minuciosamente La Guerra de las Galias. César recurrió a la redacción en tercera persona para construir un efecto de rigurosa objetividad testimonial y neutralizar las calumnias senatoriales en Roma. La bibliografía moderna (desde Adrian Goldsworthy hasta la extensa saga divulgativa de Colleen McCullough sobre las guerras tardorrepublicanas) confirma la clarividencia de su proyecto de modernización.
Un elemento biográfico no menor ilumina la conjura: Bruto era hijo de Servilia, la amante constante y devota de César, a la que el estadista nunca convirtió en su cónyuge legítima por alianzas de Estado. El orgullo herido de los Servilios pesó en la psicología del joven noble. Resulta revelador que la posteridad anglosajona haya mitificado a Bruto por el solo hecho de apuñalar a su protector, justificándolo bajo el mantra de librar a la patria de un tirano. Pero cabe interrogarse: ¿para liberar a qué sector social? A los Boni, la nobleza patricia que antes había acribillado a los hermanos Graco para no repartir un palmo de tierra a los desposeídos. Tras el magnicidio, los emperadores aprendieron la lección: adoptaron el poder militar (imperium) y asumieron la tribunicia potestas, erigiéndose en defensores supremos de la plebe para no compartir el destino de César.
Crítica cinematográfica: La cuarta pared y el martirio plástico
La cinta de Joseph L. Mankiewicz constituye una traslación rigurosamente cinematográfica del texto teatral de Shakespeare. Lejos de ocultar su origen dramático, el director asume la cuarta pared como un dispositivo de concentración política: el trabajo de montaje de John Dunning se subordina al poder oratorio de la palabra y al enfrentamiento dialéctico de los rostros.
La película capta con exactitud el peso de la superstición y el fatalismo en la Roma antigua. Pese a que César había ejercido en su mocedad como Flamen Dialis y ostentaba el cargo de Pontifex Maximus, la cinta refleja el terror cósmico ante los malos augurios: fieras vagando por el Foro, meteoros de fuego y las pesadillas angustiosas de Calpurnia (Greer Garson). César desoye las advertencias y la voz del adivino ciego que le conmina a guardarse de los Idus de Marzo con el desdén fatalista de los hombres que se creen por encima del destino.
El relato se vertebra en dos bloques contrapuestos:
La gestación del complot senatorial: El pacto infame de sangre donde los conjurados acuerdan que cada uno hunda su puñal bajo las togas en el teatro de Pompeyo (habilitado provisionalmente para las sesiones del Senado tras el incendio de la Curia Hostilia).
La carnicería de la guerra civil: La desarticulación del falso patriotismo oligárquico, que sume a la República en un baño de sangre fratricida donde el pueblo paga el tributo más alto y los propios conjurados hallan su ruina en Filipos.
El eje dramático del filme reposa en los discursos fúnebres de Bruto y Marco Antonio. Bruto (un sobrio James Mason) comparece ante la plebe con la daga aún manchada para articular una defensa abstracta del deber cívico: «No es que amara menos a César, sino que amaba más a Roma».
A continuación irrumpe el Marco Antonio de Marlon Brando en una de las cimas de la interpretación del siglo XX. Sostiene el manto ensangrentado y acribillado de César, utilizando la retórica con un sarcasmo implacable contra «los hombres honrados» («Yet Brutus says he was ambitious, and Brutus is an honourable man»). Brando modula la oratoria shakesperiana con un instinto visceral que retrata a una multitud voluble y sugestionable, empujándola del estupor a la cólera revolucionaria. El pueblo romano termina arrebatando el cuerpo inerte de su mandatario para incinerarlo en la Vía Sacra, reconociéndolo como a uno de los suyos.
En un encuadre prodigioso, Mankiewicz compone un plano de enorme resonancia sacra: Marlon Brando arrodillado sosteniendo en su regazo el cuerpo ensangrentado de Julio César, modelando ante la cámara una evocación directa de la Piedad de Miguel Ángel.
Quienes visitamos Roma y nos adentramos en el túmulo del Foro erigido sobre el lugar exacto de su pira funeraria podemos constatar que el espacio interior sigue hoy rebosante de flores frescas, cartas y monedas. Dos mil años después de los Idus de Marzo, la devoción popular hacia el reformador de la gens Iulia permanece incólume.
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Julius Caesar, Joseph L. Mankiewicz, William Shakespeare, Marlon Brando, Theodor Mommsen, Julio César, Cinelodeon, Historia de Roma, Clásicos del Cine, Crítica Cinematográfica
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