Memoria. Apichatpong "Joe" Weerasethakul. Una visión tailandesa sobre el intento de racionalizar el universo, bajo el influjo de la muerte.

 




Ficha técnica

  • Título original: Memoria

  • Año: 2021

  • Duración: 136 minutos

  • País: Colombia / Tailandia

  • Dirección y Guion: Apichatpong Weerasethakul

  • Reparto: Tilda Swinton, Elkin Díaz, Jeanne Balibar, Juan Pablo Urrego, Daniel Giménez Cacho

  • Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom

  • Música: Ryuichi Sakamoto, Akiko Yamamoto

Sinopsis (Oficial vs. Realidad de la Trinchera)

  • Versión oficial (El engaño bobos): Jessica, una cultivada botánica británica instalada en Colombia, se ve desvelada por un misterioso y sordo estruendo metálico que solo ella parece percibir. Emprende entonces un viaje introspectivo al corazón de la selva en busca del origen de este sonido inexplicable, encontrándose con un enigmático ermitaño que atesora toda la memoria y los secretos ancestrales del lugar.

  • Versión real (Cinelodeon): Tras una solemne travesía mental por la alta arquitectura urbana, el jazz vanguardista y la parálisis del sueño —rodeados de referencias a Giulio Carlo Argan y de huidas deliberadas de cualquier estridencia barroca—, la protagonista descubre que el gran oráculo de la memoria colectiva es un paisano colgado que vive en el desorden, se tumba en el suelo con los ojos abiertos para seguirle el juego a la burguesía y lo único que recuerda es que un día le robaron unos carteristas. El clímax, por supuesto, incluye un platillo volante con forma de seta gigante que despega soltando anillos de humo de tabaco y detonando un BOOM cósmico ante el asombro general.


Manual de Supervivencia Cinematográfica: Apichatpong, el OVNI y la Línea Recta

Hay que reconocerle al director tailandés —arquitecto de formación y titiritero de vocación— una virtud que escasea trágicamente en el circuito de los grandes festivales: el monumental sentido del humor. Acercarse a Memoria cargados con el pesado armazón teórico de Giulio Carlo Argan, buscando la serenidad de la línea recta frente al tormento barroco y las vulgaridades dalinianas, es un ejercicio de alta esgrima intelectual que funciona... hasta que el propio autor decide reventar la carpa del circo con una carcajada sónica.

Porque, reconozcámoslo con deportividad, nos han tomado el pelo de la manera más elegante posible.

La trampa de la solemnidad occidental

Durante las dos primeras horas de metraje, la película opera como un mecanismo de relojería suizo para el espectador cultivado. Tilda Swinton deambula por Bogotá con la precisión de una partitura contemporánea. El sonido —ese boom metálico, sordo y visceral— actúa como el metrónomo implacable de una arquitectura mental que rechaza el bullicio de masas, el folclore fácil y el estruendo comercial. Uno se siente cómodo ahí: respira el aire enrarecido de la alta cultura, filosofa sobre la parálisis del sueño, evoca la pureza de Miró y asiente con la gravedad de un crítico de El Mundo que prefiere declarar "obra maestra" cualquier artefacto inescrutable antes que confesar que se ha perdido.

Las sinopsis oficiales, siempre dispuestas a alimentar el engaño bobos, nos venden un viaje antropológico al corazón de la selva para encontrar al "hombre que atesora toda la memoria del lugar". Una promontorio de misticismo puro.

El oráculo de pacotilla y el platillo volante

Y entonces, tras cruzar un túnel donde la ingeniería humana se tuerce entre escombros, se produce el gran colapso de la pretensión. El supuesto chamán de la memoria colectiva resulta ser un paisano harto de la vida, instalado en el caos más absoluto, que se tumba en el suelo a hacer el amago de dormir con los ojos abiertos como platos solo para seguirle el juego a la burguesa británica ofuscada. ¿Su gran tesoro arcano? Que una vez unos carteristas le atracaron en ese mismo cruce y desde entonces no quiere leer libros ni escuchar batallitas.

Por si fuera poco, la apoteosis visual nos regala un platillo volante —un híbrido de OVNI y fumigador cósmico con forma de seta gigante— que despega soltando anillos de humo idénticos a los de un pitillo, coronando cada arranque con un estruendoso BOOM. La ciencia ficción de feria asaltando el templo del arte contemporáneo.

Conclusión para la trinchera de Cinelodeon

¿Nos hemos equivocado al buscar la geometría oculta en una gamberrada galáctica? En absoluto. El cine de Apichatpong no invalida el rigor analítico; al contrario, lo pone a prueba. Nos recuerda con una sonrisa socarrona que, por mucho que nos empeñemos en aplicar la línea recta de Argan y en despreciar los adornos vacíos, el arte más lúcido es aquel capaz de dinamitar su propia solemnidad.

Al final, la "intelligentsia" occidental no sale humillada, sino cómplice de una broma magnífica. Nos han hecho viajar a Tailandia, pasar por Bogotá, filosofar sobre el insomnio y repasar la historia del arte... solo para recordarnos que, cuando la tierra ruge y las nubes se abren, lo único que queda es un paisano moviendo la cabeza con desgana y un ovni echando humo.

Y oigan, ante semejante ejercicio de libertad creativa, lo único que cabe hacer es quitarse el sombrero, recomendar la película a todo el mundo y celebrar que aún quedan directores dispuestos a reírse de nuestra solemne y maravillosa trinchera.

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