Harold Bloom y la creación de un canon cinematográfico. Juanma Pastor.
Esta angustia se experimenta por todo creador como pugna creativa con respecto a sus antecesores, en la cual se manifiestan las sombrías verdades de la competencia y la contaminación. Aunque el canon laico u occidental o catálogo de autores elegidos para sobrevivir es realizado por instituciones académicas, tradiciones críticas u otras instancias, algunos críticos, a los que llama radicales, (en ocasiones también chusma, compinches…) afirman que algunas obras son seleccionadas gracias a fructíferas campañas de publicidad y propaganda. En este cajón de sastre mete, como ya hemos señalado anteriormente, a casi todos los –istas: marxistas, afrocentristas, deconstructivistas…
Pero, desgraciadamente, hoy el canon, aunque sea efímero, lo crea la mercadotecnia para impulsar las ventas, y esta inmediatez, con frecuencia, sacrifica la excelencia en pro de intereses materiales muy concretos. Según Alastair Fowler cada periodo histórico posee un repertorio de géneros y rechaza otros (ej.: la novela histórica ha sido degradada a la categoría de subgénero ) y el canon se fija, según críticos como el propio Bloom, por los escritores más importantes o de mayor personalidad; estas variantes estarán en función de la elección estética, a pesar de lo que digan sus detractores ideológicos, entre los que destaca a Gramsci, que en sus Cuadernos desde la cárcel afirma que ningún intelectual se librará del espíritu de cuerpo o corporativismo si depende de su cualificación especial. Es aquí cuando nuestro crítico hace una profesión de independencia frente a su propio grupo de la Universidad de Yale, al afirmar que el yo individual es el único método y el único criterio para percibir el valor estético, aunque parta de su agon o disputa dialéctica con lo comunitario o participe en conflictos entre clases sociales y económicas.
No obstante reconoce que si “(…) la clase gobernante libera a alguien para que sea sacerdote de la estética, sin duda tendrá intereses en tal sacerdocio”. Pero, para él, admitir esto es admitir muy poco, ya que la libertad para comprender el valor estético puede surgir del conflicto de clase, pero el valor no es idéntico a la libertad, aunque ésta no puede ser alcanzada sin comprender tal cosa. Me parece una argumentación muy peligrosa para la actividad creadora en todos sus ámbitos. Puedo estar de acuerdo en que el valor estético es engendrado por una interacción entre artistas y en que la libertad para ser artista surge del conflicto social, si bien no se puede confundir la fuente con el valor, pero quizás no tiene en cuenta lo que impulsa al creador para empeñar su vida en el esfuerzo. Él lo ve como una respuesta a la triple cuestión del agon (más que, menos que, igual que) en la que intervienen, además del valor estético, componentes psicológicos, espirituales y sociales. ¿ Se deberá a planteamientos económicos ? El Doctor Jonson dice: “Sólo un zoquete escribe sin que haya dinero de por medio”, aunque esto no determine su supremacía estética. Según el autor del canon, la Escuela del Resentimiento tiene un problema: demostrar cómo Shakespeare, máximo representante del canon clásico, alcanzó su excelencia merced a la lucha de clases.
El planteamiento me parece reduccionista y creo que es interesante traer a colación la aseveración de Harry Lane en El tercer hombre, cuando al comparar una sociedad aséptica y poco ideologizada, carente de istmos, como la suiza, con las turbulentas culturas mediterráneas, afirma que los suizos sólo habían inventado el reloj de cuco ¿Qué le faltaba a esta comunidad para favorecer el surgimiento de valores estéticos? ¿El acto creativo es fruto de la comodidad y la armonía social? Quizás habría que tumbar a los artistas en el sofá de los psiquiatras. El propio Bloom ha sido acusado de ser un erudito vacío, como un reloj de cuco. No obstante matiza cuando dice que hay una parte de la crítica marxista que le parece digna de tener en cuenta: el que en todo texto hay un conflicto entre tema y estructura, pero (siempre hay un pero) todo autor, aunque en apariencia defienda a su clase siempre acaba traicionándola, ya que en realidad lo que persigue es su propia individuación. A continuación recurre a un argumento de autoridad: Dante y Milton sacrificaron la causa por el poema y no el poema por la causa. Se podría estar en parte de acuerdo con este argumento, pero no se puede considerar que sea antitético defender una causa sin defenderse a sí mismo y al supremo valor estético, porque al final siempre se defiende una causa, como él mismo ha puesto de relieve más arriba. También afirma que nadie puede pretender un lugar en el canon entrando desde fuera, a codazos, ya que sólo se entra en él con la fuerza estética que se compone de: dominio del lenguaje metafórico, originalidad, poder cognitivo, sabiduría, exhuberancia en la dicción. Pero luego reconoce que Milton tuvo múltiples padrinos, entre amigos y artistas de considerable valor. Pero ahí está el problema, para avalar sus teorías siempre se basa en unos cuantos autores indiscutibles, sobre todo ingleses, con alguna excepción como Dante o Cervantes.
De hecho Shakespeare es el centro de su obra (lleva cincuenta años explicando a Shakespeare en la Universidad), hasta tal punto que parece que toda la literatura previa a él lo anuncia, y toda la posterior lo imita, incluido Freud. Convierte a Shakespeare, el bardo de Avon, es el centro de todo: “ Me han acusado de bardolatría, tanto que ya me burlo al respecto. Como sé que me consideran un dinosaurio, me llamo a mí mismo Bloom Brontosauros Bardolator” Siguiendo con su ataque a los críticos politizados dice que “leer al servicio de cualquier ideología es lo mismo que no leer nada”, ya que la verdadera utilidad de leer a Cervantes, Dante, Shakespeare, etc. es el crecimiento de nuestro yo interior. Pero a continuación arremete contra todos los críticos y lectores que ven a o echan de menos en una obra literaria valores distintos de lo que él considera el dios único: la estética, que en él es un gusto subjetivista y que condena si tiene la más mínima consideración metafísica. Por otra parte, el texto no está, como piensan algunos críticos franceses, para proporcionar placer, sino el supremo displacer o el más dificultoso placer que un texto menor nos proporciona. El estudio de la literatura no salvará a nadie, ni mejorará la sociedad, y, por ello, le parecerá absurdo que la Escuela del Resentimiento, de la que incluso forman parte muchos de sus antiguos alumnos, pretenda enseñar a la sociedad a vivir sin egoísmo, es decir, el autor no tiene yo, el personaje literario no tiene yo, el lector no tiene yo. Le parece una postura ridícula. William Halitt cree que el pueblo cuenta muy poco como sujeto poético y las imágenes preclaras están en todas partes del lado del tirano y sus instrumentos. La masa siempre toma partido por la elite y la imaginación literaria está contaminada por el celo y los excesos de la competencia social; la imaginación creativa se ha concebido como la soledad del corredor de fondo, que persigue sólo su propia gloria. Pero esta posición, desde mi humilde opinión poco informada en esta materia, dejaría fuera de todo canon obras como Germinal de Zola, en las que el protagonista es el pueblo que lleva a cabo la heroica hazaña de defender su pobre existencia. Bloom defiende la literatura como reguladora de lo escrito con anterioridad, ya que la cognición no puede darse sin memoria; Platón y Shakespeare son el canon.
La alianza entre la cultura popular y la crítica popular está destruyendo todos los criterios intelectuales y estéticos de las humanidades en nombre de la justicia social; nos acechan las inmortalidades fáciles. A ello se añaden las nuevas tecnologías, la red, las audiovisuales que sacrifican la cultura popular que ha dejado de ser cultura pues un concierto de rock es reemplazado por un vídeo de rock. Después de Warhol aparece gente famosa durante quince minutos,- reina por un día-, y Bloom piensa que es hilarante que se pretenda abrir el canon para dejar entrar a estos artistas fugaces. A los marxistas que creen que el canon occidental es el capital cultural de Estados Unidos, les dice que la unidad cultural es un fenómeno francés y, en cierto sentido, un asunto alemán, pero apenas una realidad en América. Por otra parte el valor estético no emana de la lucha de clases sino, dicho de manera simplista, de la lucha entre textos, en el lector, en el lenguaje, en el aula, en las discusiones dentro de la sociedad. La clase obrera no pinta nada y los críticos de izquierdas no pueden leer las obras en su nombre, aunque lo mismo debe ocurrir entre los críticos de derechas, pues nadie puede ser tan ingenuo como para pensar que las masas conservadoras, de distinto nivel económico y ninguna conciencia social, son lectoras empedernidas. El propio Bloom se contradice cuando afirma que tanto el canon como el contra-canon son elitistas. Pues bien ¿Cómo se mide el número de intelectuales de ambas tendencias? ¿Quién lee por los que no son marxistas, ni feministas, ni multiculturalistas?
No se puede despreciar el poder de crear mitos de los medios de comunicación de masas. ¿Acaso no es más heroína para las masas incultas, de uno y otro signo, Belén Esteban que Ofelia? ¿ Si un Shakespeare de nuestro tiempo escribiera sobre una pobre mujer maltratada por la vida y que saca adelante a su hija arrastrándose por las televisiones, sería su obra sublime? Esto ocurre cuando se frivoliza sobre las posturas intelectuales de los demás, con los que incluso no sólo se llegó a confraternizar, sino a formar grupos de trabajo. Se que el argumento es provocativo, pero creo que es a lo que juega Bloom, y, desde luego logra adeptos entre los que admiran esta forma de actuar, muchas veces nada intelectuales. Finaliza su escrito con una elegía a Shakespeare sin el cual no sería posible ningún canon. Si hubiera que señalar un canon universal, multicultural y polivalente, éste sería Shakespeare. Como muy bien dice Bloom es en efecto un artista indiscutible, pero si se le puede considerar el padre del canon , a Homero, Virgilio, Dante y un largo etcétera se les deberá elevar a la categoría de sus abuelos.



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