Los otros. Alejandro Amenábar. Un terror doble, sin tener en cuenta los referentes.
LA UBICACIÓN DE AMENÁBAR EN EL UNIVERSO DE KUBRICK
Mirar al pasado produce una extraña paradoja: nos estremece el terror de la historia, pero asumimos con inquietante tranquilidad la crueldad que ocurre a nuestro alrededor en el presente. Tal vez el cine de terror sociológico no inventa monstruos, sino que nos coloca ante nosotros mismos para recordarnos que la normalidad es solo una capa de pintura sobre un suelo maldito. Dos obras maestras, El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) —la película preferida de su propio director, levantada con el respaldo de nombres clave como Tom Cruise, los hermanos Weinstein, Fernando Bovaira y José Luis Cuerda, y en cuya trastienda de despachos y poder político flotaban incluso anécdotas tan pintorescas como la presencia vigilante de figuras como Rodrigo Rato, en un divertido parangón que parece repetirse en nuestros propios tiempos—, operan precisamente como monumentos a esa mala conciencia colectiva.
En ambas películas, el verdadero horror no viene del más acá, sino del "más acá": de la negativa a aceptar el trauma que cimenta los espacios que habitamos.
El suelo ensangrentado y el pecado original
El film de Amenábar arranca con una voz en off que narra una visión bíblica de la creación del mundo mientras desfilan los títulos de crédito; un prólogo que establece un marco mítico para alojar el subtexto. Pronto, el caserón familiar de la isla de Jersey —el único territorio británico ocupado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial— se nos revela como un escenario asfixiado por el eco bélico. La paranoia institucional y el trauma de Europa resuenan de fondo en la obsesión de Grace (Nicole Kidman): la prohibición absoluta de usar objetos eléctricos y la estricta norma de mantener cada puerta cerrada con llave bajo la excusa de la fotosensibilidad de sus hijos. Una sombra tecnológica y ambiental que bebe directamente de la herencia traumática alemana.
Esta culpa histórica encuentra su espejo exacto en el Hotel Overlook de Kubrick. Edificado sobre tierras de Colorado que esconden los cadáveres de nativos americanos exterminados, el hotel es una metáfora brutal del genocidio fundacional de los Estados Unidos. Como en los lienzos de posguerra de Hans Hartung, agredidos con pinceladas negras que evocan el trauma físico y psíquico de la violencia, el edificio entero está arañado por la masacre. El pasado no descansa; el ascensor desciende a los sótanos para regresar vomitando un río de sangre.
Los sirvientes como archiveros del trauma
Tanto en el Overlook como en el caserón de Jersey, los protagonistas viven instalados en la amnesia y la negación de sus propias neurosis. Jack Torrance niega su deriva violenta; Grace se niega a recordar el brote psicótico que la llevó a asfixiar a sus hijos tras el colapso de la guerra.
Frente a ellos, el servicio doméstico opera como el guardián de la memoria. "Aunque le extrañe, nosotros ya hemos servido aquí", advierte la Sra. Mills en Los otros. Los sirvientes espectrales —incluida la joven Lydia, cuyo mutismo no es una discapacidad, sino un bloqueo traumático por haber presenciado la muerte anterior— no son agentes maliciosos. Son los notarios de la historia. Al igual que el camarero Lloyd o el antiguo guarda Grady en la obra de Kubrick, pertenecen a la estructura eterna de la casa y actúan desde las sombras para obligar a los vivos a aceptar la realidad de lo que ocurrió allí.
Nada se explicita y todo se sugiere en este relato que dialoga abiertamente con influencias geométricas y formales tan sutiles como las de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961).
El espejo incómodo
El eco de estas tragedias familiares y colectivas —las dos grandes guerras europeas y el genocidio colonial americano— atraviesa ambas diégesis. Como descubrimos al mirar más allá de la superficie, por ejemplo a través de las lecturas críticas que destapan documentales como Habitación 237, las estructuras del terror cinematográfico se sustentan sobre catástrofes humanas que nos niegan el olvido.
Estas películas nos perturban profundamente porque nos demuestran que el monstruo más terrorífico no es el fantasma que gime en el pasillo, sino nuestra asombrosa capacidad para seguir viviendo con tranquilidad sobre las tumbas de la historia.
Ficha técnica:
Título original: The Others / The Shining
Año: 2001 / 1980
Director: Alejandro Amenábar / Stanley Kubrick
País: España, Estados Unidos, Francia, Italia / Estados Unidos, Reino Unido
Reparto principal: Nicole Kidman, Fionnula Flanagan, Christopher Eccleston / Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Lloyd
Título original: The Others / The Shining
Año: 2001 / 1980
Director: Alejandro Amenábar / Stanley Kubrick
País: España, Estados Unidos, Francia, Italia / Estados Unidos, Reino Unido
Reparto principal: Nicole Kidman, Fionnula Flanagan, Christopher Eccleston / Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Lloyd
Anatomía del miedo (II): La arquitectura de la mala conciencia en 'El Resplandor' y 'Los otros'
Sinopsis: Un recorrido por los cimientos oscuros del cine de terror sociológico. A través de la conexión entre El Resplandor de Kubrick y Los otros de Amenábar, esta primera entrega del ciclo analiza cómo la arquitectura y los espacios domésticos encierran los traumas históricos silenciados —desde el genocidio nativo americano hasta las cicatrices de la Europa en guerra— que los vivos se empeñan en olvidar.
Mirar al pasado produce una extraña paradoja: nos estremece el terror de la historia, pero asumimos con inquietante tranquilidad la crueldad que ocurre a nuestro alrededor en el presente. Tal vez el cine de terror sociológico no inventa monstruos, sino que nos coloca ante nosotros mismos para recordarnos que la normalidad es solo una capa de pintura sobre un suelo maldito. Dos obras maestras, El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) —la película preferida de su propio director, levantada con el respaldo de nombres clave como Tom Cruise, los hermanos Weinstein, Fernando Bovaira y José Luis Cuerda, y en cuya trastienda de despachos y poder político flotaban incluso anécdotas tan pintorescas como la presencia vigilante de figuras como Rodrigo Rato, en un divertido parangón que parece repetirse en nuestros propios tiempos—, operan precisamente como monumentos a esa mala conciencia colectiva.
En ambas películas, el verdadero horror no viene del más acá, sino del "más acá": de la negativa a aceptar el trauma que cimenta los espacios que habitamos.
El suelo ensangrentado y el pecado original
El film de Amenábar arranca con una voz en off que narra una visión bíblica de la creación del mundo mientras desfilan los títulos de crédito; un prólogo que establece un marco mítico para alojar el subtexto. Pronto, el caserón familiar de la isla de Jersey —el único territorio británico ocupado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial— se nos revela como un escenario asfixiado por el eco bélico. La paranoia institucional y el trauma de Europa resuenan de fondo en la obsesión de Grace (Nicole Kidman): la prohibición absoluta de usar objetos eléctricos y la estricta norma de mantener cada puerta cerrada con llave bajo la excusa de la fotosensibilidad de sus hijos. Una sombra tecnológica y ambiental que bebe directamente de la herencia traumática alemana.
Esta culpa histórica encuentra su espejo exacto en el Hotel Overlook de Kubrick. Edificado sobre tierras de Colorado que esconden los cadáveres de nativos americanos exterminados, el hotel es una metáfora brutal del genocidio fundacional de los Estados Unidos. Como en los lienzos de posguerra de Hans Hartung, agredidos con pinceladas negras que evocan el trauma físico y psíquico de la violencia, el edificio entero está arañado por la masacre. El pasado no descansa; el ascensor desciende a los sótanos para regresar vomitando un río de sangre.
Los sirvientes como archiveros del trauma
Tanto en el Overlook como en el caserón de Jersey, los protagonistas viven instalados en la amnesia y la negación de sus propias neurosis. Jack Torrance niega su deriva violenta; Grace se niega a recordar el brote psicótico que la llevó a asfixiar a sus hijos tras el colapso de la guerra.
Frente a ellos, el servicio doméstico opera como el guardián de la memoria. "Aunque le extrañe, nosotros ya hemos servido aquí", advierte la Sra. Mills en Los otros. Los sirvientes espectrales —incluida la joven Lydia, cuyo mutismo no es una discapacidad, sino un bloqueo traumático por haber presenciado la muerte anterior— no son agentes maliciosos. Son los notarios de la historia. Al igual que el camarero Lloyd o el antiguo guarda Grady en la obra de Kubrick, pertenecen a la estructura eterna de la casa y actúan desde las sombras para obligar a los vivos a aceptar la realidad de lo que ocurrió allí.
Nada se explicita y todo se sugiere en este relato que dialoga abiertamente con influencias geométricas y formales sutiles como las de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961).
El espejo incómodo
El eco de estas tragedias familiares y colectivas —las dos grandes guerras europeas y el genocidio colonial americano— atraviesa ambas diégesis. Como descubrimos al mirar más allá de la superficie, por ejemplo a través de las lecturas críticas que destapan documentales como Habitación 237, las estructuras del terror cinematográfico se sustentan sobre catástrofes humanas que nos niegan el olvido.
Estas películas nos perturban profundamente porque nos demuestran que el monstruo más terrorífico no es el fantasma que gime en el pasillo, sino nuestra asombrosa capacidad para seguir viviendo con tranquilidad sobre las tumbas de la historia.



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