Constance. Bruce Morrison.







Ficha técnica:

Título original
País: Nueva Zelanda.
Año: 1984.
Duración: 100 minutos.
Dirección: Bruce Morrison.
Guión: Bruce Morrison y Jonathan Hardy.
Director de Fotografía: Kevin Hayward.
Música: John Charles con Dave Fraser.
Edición: Philip Howe. 
Director artístico: Ric Kofoed.
Diseño de producción: Richard Jeziorny.
Producción: Larry Parr. 
Director de maquillaje: Anne Pospischil-
Peluquería: Jony Fernández.
Vestuario: Judith Crozier-
Mirage Films Limited, Paycom multiomedia.


Intérpretes:

Donogh Rees: Constance,
Martin Vaughan:  Alexander Elsworthy,
Judie Douglass: Sylvia Elsworthy,
Donald McDonald: John Munroe,
Graham Harvey: Errol Barr.
Mark Wignall: Richard Lewis,
Hester Joyce: Noeline,
Shane Briant: : Simon Malyon (violador),
Lee Grant: Mrs. Barr,,
Jonathan Hardy: Randolph Grieva,
Elric Hooper: Freddie.


Sinopsis:

Constance es una mujer que ha crecido en el mundo conservador de los años de la posguerra. Una apasionada del cine, está segura de que existen más cosas en la vida que ser maestra de escuela, así que decide divertirse un poco teniendo diversas aventuras amorosas. Pero descubrirá que sus amantes no encajan con sus ídolos de la gran pantalla. Poco a poco, su mundo basado en sus ideales clasistas y cinematográficos la llevan a ver cómo su mundo real se va desmoronando poco a poco, hasta llegar a encontrarse sola. Entonces, su visión de lo real y lo fantástico se mezclarán.


Comentario:

Las primeras imágenes de la cinta  son de  unos grandes focos que  se orientan hacia el Cine Civic, en el que se proyecta la película Gilda, y nos advierten de que vamos a entrar en el mundo mágico del cinematógrafo. La cámara se introduce en la platea, en la que una vedette, acompañada de unas coristas,  baila practicamente  desnuda ante un público que se convierte en objetivo de la cámara, y que poco después mirarça  absorto  a la glamurosa Rita Hayword en la famosa secuencia del striptease del guante. Los cambios de iluminación de la pantalla se reflejan en el  patio de butacas, mientras la cámara se va acercando a una espectadora, que mira ensimismada  a su mito, y tan pronto como  aparece como un neón el nombre que la designa a ella y a la película, comienza a abrirse una pequeña ventana en el extremo superior izquierdo que se va agrandando hasta ocuparla por completo, sustituyendo la  cinta de Charles Vidor. Una película va ocupando el lugar de la otra y nos recuerda que seguimos en el cine: una niña pequeña se pintarrajea ante un espejo y se pone un abrigo de piel de su madre, abrigo que será objeto de un triste reproche al final del film, momento en el que aparece el padre, el sustentador de sus fantasías infantiles, al que la niña adora. La idílica escena se trunca cuando dibuja  en  la puerta la silueta de su  madre con gesto de disgusto y desaprobación.

El  realizados neozelandés ha marcado las líneas maestras de una película  muy triste sobre el  papel que jugaron las mujeres de clase media en la castración de los ideales de sus hijos e hijas,  con el objetivo de encauzarlos hacia una vida acomodada, pero privada de espontaneidad, libertad e imaginación. Este mundo necesariamente va a hacer daño a una adolescente que ha crecido adorando a Rita Hayworth, Marlemne Dietrich o Edith Piaf, que quiere vivir como ella las imagina y que  se deja llevar cuando baila por sus emociones y su pasión, pero que tropezará muy pronto, incluso con sus jóvenes amigos, sus primeros novios y los desaprensivos que se aprovechan de sus fantasías, llegando a la violación física de la joven. La radio confronta el mundo de las preocupaciones familiares y los  conflictos sociales con las noticias sobre la gran depresión que  asola a Europa y que comienza a generar negros nubarrones, que desencadenarán la sangrienta guerra mundial, en la que se desgarró el viejo continente  europeo.

Los  golpes consiguen derribar gran parte de las ilusiones de Constance,   que intenta mantener su dignidad y su altivez contra viento y marea, y que esconde a sus padres la agresión de que ha sido objeto. No obstante Bruce Morrison no se  deja atraer por la frivolidad y  nos muestra unos padres que sufren el choque entre el carçacter  indomable de su hija y la violencia de que es objeto por parte de la sociedad. El dolor y el sufrimiento minarán la salud de esta familia, cuya mayor desgracia ha sido tener una hija que no se amoldaba a las convenciones sociales.. La protagonista acabará viviendo su propia película y dotando de glamour su realidad sórdida. Pero esto es en realidad el cine: si  imaginamos al equipo y los actores trabajando  ante una pantalla verde, deslizándose por cuerdas, o con puntos pintados en su cuerpo para sugerir tres dimensiones, en espacios llenos de objetos que constituyen el atrezzo, en ocasiones estresados o enfadados, acabaría imponiéndose una visión muy prosaica de lo que pasa en las bambalinas. Cuando el producto se concluye en postproducción, equipo y actores lo verán y lo disfrutarán un poco antes que los espectadores, y si se ha conseguido  crear la ilusión de un mundo imaginario, la magia sustituirá los esfuerzos, el dolor y el sudor.

¿Por qué no puede Constance imaginar que un montón de mendigos son tan bellos y glamurosos como sus antiguos amigos? Bruce Morrison es un buen storyteller neozelandés, que nos introduce en el universo cinematográfico a través de una historia triste y  cruel con una protagonista bella, que nos hace creer en todo momento que es una diva de la gran pantalla, que esconde un lado oscuro, como lo esconde el propio cine. Una gran aportación al cine y al constructo de  género, no exento de crítica social, que muestra la alienación y sometimiento a las convenciones de unas mujeres  dedicadas al cuidado de su hogar, sin objetivos propios, cuya mayor preocupación era  una fundación para enfermos de lepra, labor loable, pero claramente insuficiente.




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