Runner Runner. Brad Furman. Crítica



La Fox está contribuyendo, junto a directores y actores comprometidos,  a explicar al mundo el crack financiero que se gestó a finales del 2007  y que condujo a la primera crisis global, seguida de una gran depresión cuya consecuencia más grave ha sido el empobrecimiento de la población mundial y el debilitamiento de las clases medias. Pero  entretanto el dinero  se está concentrando y el número de ricos, más ricos que los de antes, se está incrementando. Ahora  Runner Runner intenta arrojar luz sobre las nuevas formas de hacer dinero en negocios aparentemente legales, pero que en algún punto cruzan a la otra orilla, la de  la ilegalidad. Esta contribución es  de un valor inapreciable y exige un lugar cada vez más amplio en nuestra videoteca, junto a In side Job, The Company Man, Up in the air, Margin Call, El soplón, y tantas otras, gracias a las cuales el espectador ha empezado a comprender algo de una situación incomprensible, una caída sin explicación.

Si el ladrillo generó una burbuja, alguien sigue jugando con el jabón, con la diferencia de que este juego es mucho más oscuro y difícil de entender por las masas. El dinero, 'virtual', ahora  procedente del póquer, 'circula' por las redes y se aloja en paraísos fiscales, sin contribuir a la riqueza de ningún país, ni tan siquiera el de aquellos en los que teóricamente se deposita, estados fallidos pobres como Costa Rica, cuyos tejados de uralita y sus calles sin asfaltar son un fiel reflejo de la pobreza del escenario elegido por Furman, en los que el dinero 'de verdad', esos papelitos a los que la confianza del ciudadano da todo el valor, van a parar a las manos de policías corruptos y funcionarios locales que cada vez exigen más, en la medida que crece el negocio. No se entiende bien por qué existen estas islas de impunidad, pero al parecer se cobra  un buen tributo por acoger a los mafiosos del mundo entero, que se concentran en fiestas en las que cada cual sabe quién es quién. La parte más débil es la de los jugadores que están en la base de la pirámide, cuyas cuentas con frecuencia están vacías, engrosando las de los poderosos, y que tienen pocas posibilidades de denunciar, hecha la excepción de colaborar con la policía como 'arrepentidos' y recibir a cambio protección del FBI, la Interpol o el cuerpo que actúe en cada lugar.

El protagonista es un parado de Wall Street que se ha matriculado en Princeton para conseguir un nuevo puesto en la Bolsa, y que es descubierto por el rector como organizador de una timba virtual que, aunque no es ilegal, provoca el desdoro de la institución. Es un joven experimentado  y dispuesto a batirse el cobre para no acabar siendo un fracasado como su padre, un jugador de tres al cuarto. Estas son las nuevas élites que salen de los escombros y que hacen bueno el axioma de Balzac: "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen." Los Gatsby de la década de los 20 eran unos blancos corderos, comparados con los tiburones que pululan por la bolsa y los emporios de estos negocios oscuros, con empresas tapaderas sustentadas en la corrupción.


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