Inch'Allah. Anaïs Barbeau-Lavalette






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Ficha técnica:

Título original:
País: Co-producción Canadá/Francia
Año: 2012
Duración: 101 minutos

Dirección: Anaïs Barbeau-Lavalette
Guión: Anaïs Barbeau-Lavalette
Dirección de Fotografía: Philippe Lavalette, c.s.c.
Música: Lévon Minassian
Montage: Sophie Leblond
Concepción visual: André Line Beauparlant
Concepción del vestuario: Sophie Lefebvre

Productores: Luc Déry y Kim McCraw
Coproductora: Isabelle Dubar
eOne Entertainmentone, Les Films Christal, una filial de eOne, Happiness Distribution, Microscope, Téléfilm Canadá, SODEC

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Intérpretes:

Evelyne Brouch: Chloé
Sabrina Ouazani: Rand
Sivan Levy: Ava
Jousef Sweid: Faysal
Hammoudeh Alkarmi
Zorah Benali: Soraïda
Yoav Donat: soldado de control
Ahmad Massad: Imad
Ahmad Al-Zain: Youssef
Carlo Brandt : Michael
Marie Thérèse Fortin: Madre de Chloé

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Sinopsis:


Chloë es una joven tocóloga que se ocupa de mujeres embarazadas bajo la supervisión de Michael, un médico francés, en un ambulatorio improvisado en un campo de refugiados de Cisjordania. Debe enfrentarse a diario a los controles y al conflicto que afectan a la vida de las personas que conoce: Rand, una paciente por la que Chloë siente un profundo afecto; Faysal, el hermano mayor de Rand, un ferviente resistente; Safi, el hermano pequeño de ambos, un niño destruido por la guerra que sueña con cruzar las fronteras volando, y Ava, una joven soldado y vecina de Chloë en su piso de Israel. Su encuentro con la guerra lleva a Chloë a una aventura profundamente personal. Desarraigada, pierde el rumbo e inicia una caída libre. Hay viajes que nos sacuden y transforman. Hay viajes que hacen añicos nuestras verdades. Para Chloë, Inch?Allah es uno de esos viajes.




Comentario:

La crítica, tras realizar su paseo habitual por los lugares comunes por los que generalmente deambula, es incapaz de trasladar al público la profunda conmoción que provoca el film de Anaïs Barbeau-Lavalette. La diferencia entre una película como la de Marc Foster (Guerra mundial Z, 2013) reside en que el realizador norteamericano construye una ficción, una metáfora en la que los muertos vivientes, o los no-muertos, que se han convertido en una pandemia mundial, escalan los altos muros de Jerusalén y amenazan la segura fortaleza que ha levantado el gobierno judío contra la pobreza; la canadiense Anaïs Barbeu-Lavalette nos muestra la realidad mucho más cruda, en la que, al otro lado de este muro de la vergüenza se extiende una miseria insoportable, sin esperanza, en la que los palestinos viven como hombres-rata, buscando en los estercoleros en los que se almacena la basura de los que viven protegidos en su fortaleza, juguetes arruinados para que jueguen los pequeños palestinos; los niños se desenvuelven en esta distopía diaria, recogiendo no sólo estas quincallas, sino piedras que guardan como sagradas o utilizan en sus intifadas. También hay quien vestido de despojos, emulando a superman con trapos que reproducen los colores de su disfraz, intentan salir de esta cárcel volando, y ante su impotencia se conforman con una agujero labrado en el muro por el que perciben un pequeño atisbo de bienestar. La joven palestina Rand, perdido su hijo al nacer, atascada en un control militar israelí,  y encarcelado su marido para cumplir una pena de veinticinco años de reclusión, deja una nota terrible al inmolarse provocando una carnicería en un lugar público de Jerusalén: "Prefiero existir en la muerte a vivir transparente."

Pero Anaiïs hace algo mas: denuncia la cobardía del pueblo palestino y lo hace sin palabras, con esas imágenes de fondo en las que unos pocos llevan el cuerpo sin vida de Youssef, un niño atropellado por un jeep militar israelí, mientras en primer plano se ve a los comerciantes y trabajadores de otros oficios en sus puestos de trabajo, como si se tratara de un problema de una minoría radical. La protagonista, una médico canadiense, se esfuerza por ayudar y colaborar con los más desgraciados, al tiempo que mantiene una equidistante amistad con una soldado israelí y se relaciona también con los sectores sociales más bajos de los judíos, que viven mejor que los palestinos pero soportan graves carencias, visuales en la película. Es curioso que Deborah Young (The Hollywood reporter) afirme que le falta originalidad para ser incendiario. Es incendiaria, y advierte de que a los cooperantes o forasteros que acudan a estos lugares a ejercer la beneficencia, no se les va a tolerar la equidistancia, sino que por el contrario se les va a exigir una mayor implicación ¿Sucede esto con la protagonista? Noel Ceballos (Fotogramas) interpreta de este modo la presencia de extranjeros en el conflicto cuando sostiene que "Inch’Allah intenta comprender la motivación detrás del terrorismo suicida, pero quizá haga un mejor trabajo al remarcar el fracaso de nuestros (bienintencionados o no) prejuicios occidentales."  Debra Granik denuncia la situación terrible de los white trash  (basura blanca) en Norteamérica, que viven en basureros muy similares, sin que nadie haga nada para impedirlo, en Winter's Bone. Pero podríamos poner ejemplos similares en cualquier parte del mundo, denunciados por el cine, que evidencian que el mal es global, y que los paternalismos molestan a los afectados. El postre de la alegria (Paulette), de Jerome Enrico, en Francia; La ciudad fantasma , dirigida por Matt Dillon en Camboya y Tailandia, Vacaciones en el infierno, de Adrian Grünberg,  en México..., muestran realidades insoportables, si bien es cierto que el interés de los cineastas canadienses por lo que sucede en la zona caliente del estado judío tiene otras connotaciones  que simbolizan la  lucha por el poder en el mundo.

La cineasta logra inquietar sin mostrar los efectos de las muertes y los atentados con elipsis oportunas, por una razón que se nos escapa. Pero el papel que juega  la médico canadiense en esta historia, se lo pone muy claro su amiga-militar: "No vengas a remover nuestra mierda. ¡Diviértete!", o la palestina Rand: "Zorra, lárgate". También rechaza su actitud pseudoconciliadora el médico que gobierna el precario ambulatorio en el que trabajan, y que ve peligrar hasta esa miserable ayuda. Pero hay algo más trágico todavía: la película demuestra el margen de actuación que tienen los poderosos, ya que estas gentes enferman, mueren, sufren bajas familiares, pero van a trabajar durante el día, soportando humillantes colas para pasar al otro lado del muro, y duermen en el estercolero por la noche. Son los 'Z' de un lado y otro de la valla, que se extienden a escala mundial. Israel es un laboratorio que mereció la atención especial de 'La Guerra Mundial Z' de Marc Foster para el que, al final, no es tan invulnerable como algunos creen; de hecho, el film de Anaïs Barbeau-Lavalette esta estucturado en forma de estructura circular, constituida por un hecho inicial, un atentado terrorista, un gran racconto y una vuelta al principio, conocidas las circunstancias en las que se produce el citado acontecimiento, que también supone una llamada de atención a quienes quieren jugar en el tablero del oriente próximo.



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