El Gran Hotel Budapest. Comentario






Hemos estado atentos al desarrollo de la promoción del último film de Wes Anderson desde que comenzó la campaña a finales de 2013, con aquel cartel mágico que dotaba de movimiento al alucinante 'Hotel Budapest', y a la literatura que presentaba 'El film como una película de "ladrones" en clave humorística y constante movimiento, tanto cinético como cómico, inspirado, según el propio Wes Anderson en las comedias norteamericanas anteriores a la introducción del Código Hays , llamadas por esta razón pre-code, realizadas durante los años 30; en las historias y memorias del escritor Vienés Stefan Zweig; lecturas como 'Eichmann en Jerusalén' de Hannah Arendt, que contiene un fascinante análisis de cómo respondió cada unos de los países europeos al desafío nazi y de cómo llegó a descomponerse todo un continente, y, por último en la 'Suite Française' de Irène Némirovsky. (Notas de Fox Prensa).

 Todd MacCarthy (The Hollywood Reporter) realiza una afirmación que se constata con facilidad al final de la proyección, si se escucha con atención a algunos espectadores: "Una idiosincrática comedia de época que hará las delicias de sus seguidores, más que las del gran público. (...) una maliciosa y sofisticada farsa (...) elegante comedia". Los sectores del público poco avisados y que desconocen la filmografía del realizador de Huston quedan un tanto desconcertados ante la obra de un cineasta excéntrico y esteticista, que vuelve su mirada hacia el pasado y les devuelve a la época del juguete pasivo que cobraba vida merced a la imaginación del que lo manejaba; de esta forma los personajes que representan los actores, y en especial algunos tan carismáticos como Willem Dafoe o Harvey Keitel, provocan la hilaridad de los espectadores tan sólo por su caracterización extravagante y peculiar, cuando todavía no han movido una ceja.

El film pasa de unos momentos iniciales en los que impera la desidia y la indiferencia, en los que M. Jean, (Jason Schwartzman), ejerce las funciones de gerente del hotel, que vive sus últimos días y se precipita hacia su demolición final bajo la hegemonía del comunismo, con desgana, hasta el comienzo del racconto (gran flashback o retroceso al pasado) en el que Robert Yeoman pasa del formato panorámico con lente anamórfica para los años 60, al formato de pantalla más cuadrada, de 1.37:1, para los años 30, típico de esta época, en el que el hotel brilla con todo su esplendor, dirigido por el glamuroso conserje Gustave H, siempre acompañado del joven botones que llegó al hotel andando, huyendo de su país Aq-Salim-al-Jabat . Es entonces, cuando la paleta de Anderson se acerca peligrosamente al nivel más intenso de color hasta eclosionar en el rojo profundo que dominará el film hasta la secuencia final que cerrará el bucle y dará por concluidas las revelaciones. Este potente cromatismo se interrumpe bruscamente cuando el tren, que lleva a Gustave H. y a Zero al entierro de Madame Céline Villeneuve, Madame D, Condesa viuda de Desgoffe und Taxis (Tilda Swinton) , se detiene en la frontera ante un retén de soldados nazis, bajo la orden de Henckels (Edward Norton) y cuando posteriormente Gustave es encarcelado en el Puesto de Control número 19 del Centro Penitenciario, una fría y húmeda prisión de la época medieval, rodeada por espinosas alambradas y un foso lleno de cocodrilos; el aire se torna irrespirable y las tonalidades frías se expanden por las paredes, el atrezzo y la indumentaria de unos presos sucios, barbudos y cariacontecidos. Con la vuelta del carismático conserje al Hotel éste recobrará su antiguo lustre y apogeo.

Wes Anderson recupera el estilo Belle Époque que reinaba en las ciudades-balneario que pululaban en el cambio de siglo en las ciudades centro-europeas, y elige como escenario la ciudad de Görlitz, Patrimonio de la humanidad, que le brinda su poderosa arquitectura, con influencias que abarcan desde el Gótico y el Barroco hasta las curvas prácticamente modernistas del art nouveau. Dawson, uno de los productores, confiesa que "los edificios de Görlitz tienen tanta personalidad que se dieron cuenta de que prácticamente podían hacer allí toda la película. Milena Canonero se encargó de caracterizar a Madame D, de tal forma que encajara perfectamente en el contexto, a la vez que mediante el diseño del peinado, el maquillaje y la prótesis de la película transformaba a Tilda Swinton en una persona de 84 años de edad, vestida a la manera de Gustav Klimt.

El compositor Alexandre Desplat, pone el score musical a esta representación en cuatro actos en el teatro de juguete de Wes, que pasa del recortable de color rosa a un espejiismo de realidad, a medida que nos acercamos a él, y ha realizado una de sus más inusuales bandas sonoras: interpretada sin absolutamente ninguno de los tradicionales instrumentos orquestales. En su lugar, Desplat incorporó infinidad de instrumentos centroeuropeos, como las balalaikas y el címbalo, una especie de dulcimer martillado, muy común en la música de los gitanos del Este de Europa. Hizo venir desde Moscú a una orquesta compuesta por 50 virtuosos de la balalaika para la grabación final. “Hemos intentando capturar los sonidos de la Europa Central que hay en nuestro subconsciente, desde el címbalo moldavo hasta las trompas alpinas, así como los cantos tiroleses y gregorianos y el sonido de la balalaika”, explica Desplat. “Es una mezcla que puede resultar conmovedora, evocadora y divertida; y cubre una amplia variedad de emociones, desde las más luminosas a las más oscuras. Utilizamos el mismo vocabulario musical que emplearía una orquesta clásica, pero el sonido es muy diferente”.

Los miembros de su equipo han identificado al director como un 'Principito' ya mayor, cuyas películas tienen un toque idiosincrático de ligereza en la que subyacen temas muy potentes y fuertes emociones; una inusual combinación que nadie más puede reproducir, porque surge de su peculiar sentido del humor y percepción del mundo. En su última cinta echa un vistazo a un mundo en el momento anterior a que desaparezca. No obstante es una especie de niño-mayor que nos invita a jugar con sus juguetes, pero que ha organizado su universo de la manera más racional, calculada al milímetro, sin espacio para la improvisación, lleno de cámaras que se apartan y dejan paso a los personajes, travellings bien trazados, grúas ágiles y estudiadas, zooms rápidos y afortunadamente escasos...; Ralph Fiennes se ve constantemente magnificado, tomado muy pocas veces a la altura de los ojos, y casi siempre en contrapicados, más o menos exagerados, que lo engrandecen y lo convierten en el emblema de un mundo que se extingue; un hombre rodeado de rubias de edad avanzada, -rubias porque este es el color que eligen las damas cuando encanecen-, un hombre dotado del don de savoir vivre, que no reduce la edad de sus mujeres cuando aumenta su patrimonio. Un hombre que ama la vida y no entiende el nazismo, al que las imágenes más que atacar ridiculizan en un intercambio disparatado de tiros en el Hotel Budapest.

Un film de Wes Anderson que nos ha vuelto a sorprender y que no ha cosechado una sola crítica negativa, pero que disfrutará más quien ya conoce al joven realizador y acude con la esperanza de que lo sorprenda de nuevo. La prensa norteamericana ha calificado la película de cautivadora, maravillosa, llena de elementos visuales típicos del realizador; una película de cinco estrellas que se desarrolla en un hotel de cinco estrellas (Gregorio Belinchón del diario 'El País').


Rosa Labrandero.

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