Las estrellas de cine no mueren en Liverpool.Crítica




Ficha técnica, intérpretes, sinopsis, premios, lo que se dice, cartel y trailer. (Pinchad aquí)


Crítica:



El director escocés, procedente del mundo del deporte, como fotógrafo deportivo,  y la televisión, parece haber entendido muy bien la esencia del cine, con un relato de metaficción, que da comienzo con un rollo de celuloide y termina con él, en el que el espectador va a poder percibir lo que supone el cine en su vida, que no sólo ofrece nuevos puntos de vista sobre cómo cada realizador la entiende, sino que es capaz de estimular, cuando se hace bien, todo tipo de emociones, que se traducen en sentimientos en su público: alegría, nostalgia de tiempos mejores, tristeza, dolor, compasión, y todo aquello que somos capaces de experimentar a lo largo de nuestras vidas. ¡Es un dramón! decían algunas señoras sensibilizadas por la historia, que, con toda probabilidad, van al cine a olvidar, mediante la evasión, por medio de historias de 'amor y lujo' (según expresión de una amiga) los conflictos cotidianos a los que deben hacer frente, y, que más tarde o más temprano, concluirán en drama o tragedia. ¡Es la vida! contestaban otras.

Paul McGuigan ha seleccionado para protagonizar su película un trío mágico: por un lado la norteamericana Annette Bening, y por otro los británicos Jamie Bell, que debutó en el cine representando a aquel niño que quería bailar, 'Billy Elliot' (2000), en un contexto de huelga general de los mineros británicos contra las políticas de Margareth Thatcher, y  Julie Walters, la mujer que interpretaba a su instructora de baile, la Señora Witkinson (la Molly Weasly en la saga Harry Potter), que le ayudó a cambiar los masculinos guantes de boxeo, por las 'femeninas' zapatillas de baile, convertida en madre amable, que se ocupa y se preocupa de sus hijos a los que mantiene en el entorno del hogar y los ayuda a resolver sus problemas, educándolos en el principio de que es necesario trabajar para poder vivir.  Los tres nos proporcionarán momentos de alegría, acompañados de otros de tristeza, todos ellos  cohesionados por  la magia que proporciona del cine. Estamos de acuerdo con lo que afirma Jordi Costa en la entradilla de su artículo para el diario 'El País' (Los dos rostros de Gloria): "La película no juega a la mitomanía necrófila, ni se muestra interesada en hurgar en las heridas de la decadencia."

Una serie de elementos ayudarán a la cohesión el texto de que hemos hablado antes, detalles que no pasan desapercibido para el espectador, que los irá llenando de significación a medida que avanza el relato: las uñas descuidadas de Gloria, de las que ha saltado una antigua pintura, unos zapatos que la actriz calzó en tiempos felices, elementos proustianos para ella  y para Peter Turner, que toca también el corazón cinéfilo cuando vemos al joven actor tomar las calles que recorrió de niño, en su primera película, con sus casas de ladrillo marrón, papeles pintados desesperantes, modestas habitaciones y otros detalles que nos trae a la memoria, no solo la cuna de los Beatles, sino el cine tan inglés de Mike Leigh o Ken Loach, iluminados por el glamour de una estrella de Hollywood, engrandecida en su debilidad con brillantes e imaginativos flashbacks, retrocesos hacia el tiempo perdido que provoca cualquier detalle, -una puerta, un grito, una luz particular...-, momentos emotivos que giran en torno a Bella, la madre de todos, a pesar de no ser mayor que la actriz de la que se ha enamorado su hijo, que, como cualquier madre ignora aquellos trances difíciles en los que él llamaba desesperado a la puerta de 'Stella', interpretando un actor shakesperiano que imita a el gran Brando en 'Un tranvía llamado deseo'. Magnífica la secuencia en la que Peter lleva a Gloria, desfallecida,para representar una escena del bardo con una platea vacía. Ambos pueden improvisar y dejar que sus sentimientos fluyan y se apoderen del texto, literario y cinematográfico.

Los diferentes habitats por los que transcurren los últimos años de Gloria (inquilina en el mismo edificio de Liverpool en que residen Peter y su familia, una roulotte, un edificio lujoso en Los Angeles, y la casa de su amante) muestran el declive, el crepúsculo de una actriz que alcanzó su máximo esplendor en la década de los 50,  cuando estuvo casada con Nicholas Ray  ('Johnny Guitar', (1954), 'Rebelde sin causa' (1955), ''Rey de reyes' (1961)...). La actriz en caída libre busca un hogar, el de Bella, en el que la cuiden y la comprendan, evitando enfrentarse a la otra Gloria, la que representan sus cuatro ex-maridos que se hacen cargo de sus cuatro hijos, su hermana o su propia madre, interpretada por  Vanessa Redgrave, en proceso de pérdida de memoria. Una realidad que McGuigan logra que no identifiquemos, en ningún momento, con el clásico biopic, por mucho que el guión esté basado en las memorias del más modesto amante de la actriz: Peter Turner.





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