Cinderella Man : El hombre que no se dejó tumbar. Ron Howard







Ficha técnica, sinopsis, premios, críticas y comentario (Pinchad aquí)


Hoy, en la sesión de noche de la primera cadena de televisión española, se ha incluído 'Cinderella Man: El hombre que no se dejó tumbar', un buen trabajo de Russell Crowe, ubicado en 1933, cuatro años desde el comienzo de la Gran Depresión, cuenta una historia real, la de James J.Braddock, que después de haberse retirado del boxeo, decidió volver al cuadrilátero para poder alimentar a su familia. No era un boxeador con talento, pero su coraje, sacrificio y dignidad lo llevaron hasta la cumbre.  El film recibió varios premios importantes:


  • 2005: 3 Nominaciones al Oscar: Mejor actor sec. (Giamatti), montaje, maquillaje 
  • 2005: 2 nominaciones al Globo de Oro: Actor drama (Crowe), actor sec. (Giamatti) 
  • 2005: Nominada Premios BAFTA: Mejor guión original 
  • 2005: Festival de Toronto: Mejor actor de reparto (Paul Giamatti) 
  • 2005: Critics' Choice Awards: Mejor actor secundario. 4 nominaciones 
  • 2005: Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión original 
  • 2005: Sindicato de Actores (SAG): Mejor actor secundario (Giamatti). 2 nominaciones 
  • 2005: Asociación de Críticos de Chicago: Nom. a Mejor actor secundario (Giamatti)

Crítica:




¡Déjame que me pegue en un ring. Al menos sabré quien me pega!


Cinderella Man es un film sobre los damnificados que dejan detrás de sí las crisis económicas, y no hablamos de las cíclicas, las que se producen por la alternancia de periodos A y B, ideados para que los expertos se entretengan imaginando constructos sobre cómo funciona la economía, que responde como un  organismo vivo a una serie de movimientos que pertenecen a su propia naturaleza, sino  a las crisis de verdad, a las que son producto de la manipulación del precio del crudo o de las diferentes energías que sustentan a la industria, los rumores, las especulaciones y las estafas, que estallaron  a principios del siglo XX y han inaugurado el XXI, que han desplazado a millones de trabajadores de sus puestos de trabajo, les han arrebatado las conquistas sociales  arrancadas con sufrimiento, y los han arrinconado si no sabían hacer nada para entretener a la clase beneficiada con su quebranto. Dos hombres encarnan dos formas de luchar para salir de la miseria y sacar a los suyos de la pobreza: Jim, un corredor de fondo, que sabe que no puede luchar con la codicia que es transversal, y que confía en su esfuerzo y en las medidas que estaba imponiendo el  presidente Franklin D.Roosvelt,  a las que se llamó New Deal, y Mike, partidario de plantar cara al sistema, lo que lo lleva a acampar, junto con otros compañeros en Central Park y muere en una represión policial.

En relación con la grave crisis que estamos padeciendo y las propuestas del cine español, se cuestionaba el crítico de un diario  conservador español, Federico Marín Bellón, (diario ABC) en su comentario sobre 'Felices 140' de Gracia Querejeta (2015), en lo que a él le parecía un 'fantástico retrato de la crisis, con sólo mirarla de reojo (aquí está el quid de la cuestión: hay que mirarla de reojo), algo que le parece más elocuente que cualquier historia sobre el paro. La historia del cine y, especialmente el americano, desde king-kong hasta hoy, ha demostrado cómo se puede inscribir cualquier historia, por fantástica que sea, en un contexto de depresión económica, paro y exclusión social (en el sentido de expulsar de la cadena productiva a un número importante de personas), una situación que pone al hombre al límite de su precariedad vital y al borde de la subsistencia, en la que detrás de cada ciudadano y ciudadana, detrás de cada persona que pasa varios días sin comer hay historias de una gran profundidad humana, que se convierte en la fuente de inspiración de poetas, escritores y cineastas.

La gran depresión de 1929  potenció un 'deporte' brutal que retrotraía a los hombres necesitados a la época del gladiador, que también ha representado en el cine Russell Crowe, y que en el film de Ron Howard se recrea en la primera secuencia en la que en el emblemático estadio americano, el Madison SQ Garden, es testigo del enfrentamiento de dos hombres, dos muertos de hambre que aspiran a salir de la pobreza, que se van a agredir, en muchos casos hasta la muerte en el cuadrilatero ante un público selecto, constituido por mujeres que fuman en largas pipas de lujo, envueltas en pieles y trajes de seda, acompañadas de hombres enfundados en smokings, y en medio de los contendientes un árbitro, un hombre que va a decidir el resultado del combate. al que las cámaras toman en un fuerte contrapicado. Unos pocos fotogramas nos han colocado en una situación de reparto muy desigual de la riqueza y de extrema necesidad de quienes sólo pueden salir de la miseria jugándose la vida, desfigurándose el rostro y debilitando su cerebro con múltiples derechazos contra su cráneo mientras divierten  con su sangre a un público 'exquisito'. Ron Howard ha entendido que no es necesario ir con sus cámaras a la cola del paro, aunque es obvio que alguno  dirá que es una verdad universal el que a muchos hombres les gusta pegarse y algunos lo hacen gratis, y no falta quien forma un círculo alrededor para ahorrarse una entrada, mientras otros, utópicos, se empeñan en separarlos y acabar con el espectáculo. El hombre, como el gato, es un fisgón, pero quienes se destrozan la cara e incluso mueren en los estadios no suelen proceder de las clases altas; en épocas de crisis, como la que aborda Howard, el realizador se muestra muy empeñado en demostrar qué lleva a su protagonista a este deporte tan brutal, la necesidad de dar cobijo y alimentar a sus mujeres y sus hijos, que Jim resume con una palabra: "leche".

Vivimos en una sociedad cínica y quienes pretenden dictar el gusto nos advierten de que un exceso de sensiblería o un ensimismamiento en la contemplación de lo bello, -según las posiciones más o menos exquisitas que mantengan los críticos-, no se corresponde con los tiempos oscuros que nos toca vivir, sin percatarse de que quien experimenta diariamente la tragedia de no llegar a fin de mes, no necesita ir al cine para que le hablen de dios y de los pecados originales de los hombres. Ron Howard, un cineasta no bien visto en el Vaticano por sus dos películas sobre el Código Da Vinci, es muy cuestionado en su país, por una crítica que no entendemos bien porque responde a una idiosincrasia muy diferente de la nuestra, sin embargo nos vamos a quedar con un extracto de la opinión de René Rodríguez del 'Miami Herald', incluido en la página de Filmaffinity : ""Una película totalmente predecible, completamente manipuladora y estruendosamente obvia. Y no cambiaría ni un sólo fotograma de ella".

Desde la ubicación temporal del prólogo, el film da un salto en el tiempo, un flasforward, hasta situarse en 1933, en plena depresión económica, provocada por la crisis de Wall Street  aquel viernes negro de 1929. Cuando la familia de Jim Baddock comienza a no poder pagar los suministros (luz, agua, gas) y a soñar con comida, ha llegado el momento de volver al estadio; un travelling recorre la estancia en la que hay un cuchillo pero nada que cortar y se detiene ante Russell Crowe, que está colocándose un protector de dientes; el paseo del protagonista en busca de trabajo, atravesando unas calles tan oscuras como los tiempos, y unos callejones en los que apenas se vislumbran tiendas improvisadas son muy elocuentes de la situación de muchas familias . Escaparates vacíos de género y una multitud de hombres agolpados ante las verjas de las empresas son un retrato sin palabras de la depauperación de las masas, más indignante que lacrimógena. Nadie acude a las oficinas de empleo porque los empresarios prefieren elegir a sus trabajadores y ojearlos antes de tomar una decisión. Los criterios que emplean en su selección son fáciles de imaginar. Los niños, y de eso sabemos mucho ahora, padecen esta situación en silencio, e incluso juegan porque necesitan hacerlo; cuando el hijo de Baddock, un niño de diez años, roba un salami en la charcutería, Jim interpreta el hecho como un nuevo aviso de que ha llegado el momento de  volver al ring.

Pero lo cierto es que yo también me he quedado sorprendida oyendo ciertos diálogos en los que Ron Howard y su guionista llegan mucho más lejos de lo que cabía esperar, en un film hecho para las masas, en su denuncia del boxeo y de los capitalistas norteamericanos que viven de la sangre de los desfavorecidos de la Fortuna, cuando el empresario lo hace ir a su despacho, antes de una pelea, y  le muestra un video en el que su próximo contrincante, el campeón de pesos pesados Baer, mata a dos boxeadores que lo precedieron  . La respuesta de Crowe no admite duda ni interpretación diferente a las palabras unívocas que saben de su boca: "¿Acaso no mata trabajar de noche en un andamio o hacer un turno detrás de otro? ¿Cuánta gente murió la otra noche en aquellas barracas intentando ahorrar un alquiler y así dar de comer a su familia, ya que la gente como Ud. aún no se ha puesto a pensar cómo ganar dinero viendo morir a esa otra gente? En mi profesión, porque es mi profesión, tengo un poco más de suerte."  La fortuna que le tocó a Mike en este reparto entre buena y mala suerte fue morir en la acampada de Hooverville de Central Park, asentamiento irregular de gentes sin hogar, vagabundos y desempelados desahuciados de sus casas, en el centro de Manhattan, disuelto por la policía; estas acampadas tuvieron su réplica en la crisis que estamos padeciendo en el movimiento que se denominó 15-M en España, potenciado por la 'spanish revolution' que iniciaron los estudiantes de secundaria.

Lo que diferencia a ambos amigos, Jim y Mike, es una cuestión táctica y una distinta posición en la vida: el primero sabe boxear y trabajar duro, el segundo sólo está capacitado para cargar y descargar en un muelle; ambos eran antiguos integrantes de la clase media, que habían confiado en el capitalismo popular, habían invertido sus ahorros en bolsa y habían perdido todo en  el crack de 1929 que no sólo les arrebató el dinero invertido, sino que provocó el hundimiento del consumo y con él la ruina de sus pequeños negocios . Mike quería luchar, Jim no sabía contra qué, ¿la avaricia, la codicia? por lo que prefería confiar en Roosvelt y su New Deal; Mike se decanta por la rebelión y pierde la vida. Quien ha tenido cerca personas desprovistas de todo por la actual depresión económica, (y no son pocos), pueden entender la resistencia de Jim a acercarse a un comedor social, a un centro de obtención de subsidios solidarios, que destruyen la dignidad de los hombres, como denunciaban en el siglo XIX las Hermanas Bronte. La razón reside en la propia caridad, ejercida generalmente por personas  poderosas que se dedican a poner parches al sistema para evitar su hundimiento. Esto explica por qué razón Jim devuelve el dinero que recibió de estos subsidios, tan pronto como lo puede hacer; cuando destrozado, con las costillas rotas, va a una pelea con un asesino del cuadrilatero, las iglesias se llenan de gente que pide a su dios por una persona que se ha convertido en un símbolo, en alguien que lucha por ellos. Es así como se forjan los héroes de los pueblos: Jim es un corredor de fondo, Mike acaba pronto su carrera. "Eres  la esperanza de muchos y el orgullo de tus hijos·, le dice su mujer. Las víctimas de la crisis siguen el combate desde las iglesias y el Madison SQ Garden recibe a un David que se va a enfrentar a Goliat, en silencio y con respeto.

Si 'Cinderella Man" está  dirigida por un máximo representante del cine de entretenimiento como Ron Howard, uno se pregunta cómo será el cine comprometido norteamericano; qué desliz en la edición ha quitado toda la carga a la denuncia, o hasta qué punto el cineasta ha tomado al personaje real como una excusa para hacer su propio discurso, alejándose del verdadero personaje, un pobre chico nacido en el seno de una familia modesta de origen irlandés que comenzó esta carrera de golpes cuando tenía 21 años en 1926; las lesiones, especialmente en las manos y las costillas, lo obligaron a retirarse en 1934. En 1942 Jim y su representante Joe Gould, se alistaron en el ejército de los Estados Unidos para luchar en Europa contra el nazismo, pero ese es un capítulo en el que ya no entra el film.

¿Por qué eligió Ron Howard a este personaje para hacer su película, dos años antes de que estallará la gran depresión en la que nos encontramos? Probablemente porque era un pobre hombre, de una familia modesta que, en plena crisis del 29 dejó una huella de 51 victorias en 85 combates; este resultado en un hombre que nunca partía como favorito le valió el apodo de 'Cinderella Man'. La crítica se dividió, no en el veredicto final. Todos estaban de acuerdo en que fue la película del año y uno de los títulos que dejarían huella, y disentían respecto a quién tenía el mérito: Russell Crowe o Ron Howard. Pablo Kurt, como ya sabe cualquier lector de Filmaffinity, se moja poco, y sin embargo escribe largo y tendido sobre este film, aunque le falla el olfato, como les falló a muchos, al considerar la crisis y el boxeo cosas del pasado que quizá no iban a volver a suceder, con abundantes imágenes de niños pobres y esposas abnegadas, cuando estaba a punto de estallar una crisis mucho más grave que la del 29, que, si rastreamos el cine americano, podremos comprobar que ya se venían dando datos negativos en esta dirección. En España flotábamos dentro de una burbuja y nos sentíamos muy cómodos. Este es su comentario, en el que nos pide que nos fijemos en los productores, cosa que ya habíamos hecho:

"Cinderella Man es una "gran superproducción" de Hollywood (vean quién produce), y eso para algunos no es una definición gratuita. Habiendo relativamente pocas al cabo del año, creo que cualquier amante del cine sin prejuicios debe considerar este tipo de películas como uno de los 'platos fuertes' (para ver) de toda una temporada. Luego encima resulta ser de factura impecable y realmente entretenida, y ni siquiera eso es suficiente para que triunfe (fue la 42ª película más taquillera del año 2005). 

 Parece ser que el motivo es que se trata de una historia sobre el boxeo y la Gran Depresión, un deporte y una época que a estas alturas parecen cosa del pasado. Pero no deja de haber aquí una paradoja, pues el mayor mérito de 'Cinderella Man' no es lo bien que está contada, ni siquiera el excelente trabajo (y ya son muchos) de Russell Crowe (atentos a la escena de su combate más duro, en el club: Braddock Vs. su dignidad), lo mejor de todo, decía, es conseguir que, tras más de cien años de cine y docenas de obras maestras sobre el boxeo con largos combates, a estas alturas venga el blando de Ron Howard y consiga que el espectador se vea sorprendido, ahí sentado en la butaca, deseando que se acaben las escenas sobre niños pobres y esposas abnegadas (el personaje de Zellweger es lo más flojo), ansioso por que Russell vuelva al ring, a darse puñetazos, escupir sangre y observar las caras de un Giamatti que se merece la nominación al Oscar tanto como los responsables de la dirección artística. 


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