Final Portrait. El arte de la amistad. Stanley Tucci. Ficha técnica y crítica.




¿HAY MEJOR CALDO DE CULTIVO PARA LA DUDA QUE EL ÉXITO?
 


Título original: Final Portrait
País: Reino Unido
Año: 2017
Duración: 90 minutos

Dirección: Stanley Tucci
Guión: Stanley Tucci
Casting: Nina Gold
Dirección de Fotografía: Danny Cohen
Música: Evan Lurie
Edición: Camilla Toniolo
Dirección artística: David Hindle
Decoración del set: Sara Wan

Diseño de Vestuario: Liza Bracey

Productores: Nik Bower, Gail Egan, Ilann Girard
Productores ejecutivos: Fred Hogge, Deepak Nayar
Diseño de producción: James Merifield
Compañías productoras: Olive Productions, Potboiler Productions, Riverstone Pictures


Intérpretes:


Geoffrey Rush: Alberto Giacometti,
Armie Hammer: James Lord,
Clémence Poésy: Caroline,
Tony Shalhoub; Diego Giacometti,
James Faulkner: Pierre Matisse,
Sylvie Testud: Annette Giacometti,
Martyn Mayger: Hombre viejo en el café,
Takatsuna Mukai: Amante de Annette,
...

Sinopsis:


La última película del actor y director Stanley Tucci es un biopic del pintor suizo Alberto Giacometti, y pone su foco en el año 1964, cuando el escultor invitó al crítico de arte y escritor norteamericano James Lord a que posara para él en el que acabó siendo uno de sus más célebres retratos. Lo que en un principio iba a ser un trabajo de unos pocos días se demoró en varias sesiones a lo largo de semanas, a causa de la falta de disciplina e incapacidad de concentración del artista.Lord tuvo que posponer su vuelta a Norteamérica  varias veces.

Lo que se dice:


La crítica ha recibido con una frialdad incomprensible un film que merece un poco más de atención. El desinterés se manifiesta en la nota media que ofrece Filmaffinity, 5,4, basado en 541 votos; la página norteamericana Imdb eleva esta cifra a 6,2, basada en 4.072 votos. Los argumentos que dan los críticos son que la película es una 'correcta' aproximación a la vida del escultor suizo (Gregorio Belinchón, Diario 'El País`); otros se enredan en explicaciones muy oscuras como la de que es una película detenida en su propia perplejidad sin acertar a profundizar más allá que en la piel de lo evidente (Luís Martínez, diario 'El Mundo'); razonado estudio sobre la amistad que eclipsa todo lo demás por los excesos del protagonista (Alberto Luchini, diario 'El Mundo'); un film que transmite algo de la gloria y el tormento de la creación artística (Antonio Weinrichter. Diario ABC)...El resto es más de lo mismo.


Crítica:



Stanley Tucci llega a su última película dispuesto a dejar en el empeño pedazos de su existencia; su película destila una especie de pesimismo que podría relacionase con la desilusión que sintieron pensadores como Sartre después de las guerras mundiales, ante el fracaso del proyecto moderno que ha derivado en la posmodernidad que nos asfixia desde la década de los sesenta, en la que se produjo " un repliegue ideológico en el que hemos ido abandonando la lucha colectiva para entregarnos a la individualidad. El gran invento de la diversidad es convertir nuestra  individualidad en aparente lucha política, activismo social y movilización" (Pascual Serrano, introducción al libro de Pascual Bernabé, 'La trampa de la diversidad). Tucci, señalado como el actor-director más cool de New York, en la creación de la diégesis de este relato biográfico, no pretende ser romántico, ni hacer una apología del famoso escultor de la segunda mitad del siglo XX; su film es oscuro distópico, y los únicos exteriores que muestra son los bares en los que el artista destruye su vida y el cementerio de Montparnasse, que si bien no se explicita, si se sugiere que está muy próximo a su casa, una nave que está muy lejos de ser un hogar o tan siquiera una casa habitada por seres humanos que gozan de cierto calor y que sus ocupantes sienten como un refugio emocional. Con una gama de colores similar a la que usó Goya en el retrato de su suegro, Bayeu, en la que intervienen todas los matices del verde, ensuciadas con colores neutros entre el negro y el gris, crea una atmósfera que atraviesa desde el tono vital desabrido del escultor hasta la más insignificante de sus obras, y  presenta a su hermano, también escultor, como un obrero de una nave industrial. Allí emergen, sin destacar, entre fragmentos de otras obras que dan al lugar el aspecto de un osario, alguna de sus piezas más significativas, un compendio de las vanguardias de principios del siglo XX, desde el surrealismo que se agrupaba en torno a Breton hasta movimientos de carácter gestual o matérico (su obra ha sido definida como onírica, abstracta y cargada de sexualidad, si bien su contemplación provoca perplejidad en el observador profano.

Es curioso que quien se erige en un magno representante del ambiente más elegante de New York, que representó en la película de David Frankel, 'El diablo se viste de Prada', a un personaje con gran talento y sensibilidad, que era ignorado constantemente cada vez que parecía que merecía un reconocimiento profesional a causa de su orientación gay, haya optado por la ubicación en un lugar oscuro, sucio y repulsivo para representar el espacio en que se inscribe el alma humana, eligiendo como icono a un artista que se martirizaba por la crisis de la escultura como figura o estatua, e intentaba demostrar la esencia de la relación entre la forma plástica y el espacio, una búsqueda que expresaba mediante el gesto de quitar y quitar  materia de sus esculturas hasta reducir el cuerpo humano al filamento mínimo para poder soportar su existencia (studocu.com). El siglo XX se caracteriza por la existencia de una serie de -ismos amparados por un ideólogo y un manifiesto, que justificaba los gestos que realizaban los artistas y que daba confianza a los hombres de pre-guerras, entre.guerras y post-guerras; se ha encuadrado a Giacometti en las tendencias abstractas y gestuales de la segunda posguerra mundial, paralelas al expresionismo abstracto americano, y en especial el formalismo , cuyo ideólogo fue Juan Eduardo Cirlot, escritor maldito, que creó el contexto teórico en el que inscribir a los artistas de su momento, que parecían necesitados de una directriz existencial de carácter espiritual.

Hubiera sido más fácil abordar este tema desarrollando la narración novelada de unos cuantos rasgos, incidiendo en la amistad entre Giacometti y su biógrafo, desarrollando aquellos aspectos del personaje que resultan más atractivos para el público: los excesos del  escultor, la relación con su esposa, que acaba siendo una mantenida, con demasiada frecuencia modestamente, teniendo que soportar, a cambio, las exhibiciones de pasión de su marido y su amante, una prostituta muy bien pagada, controlada por sus chulos, a la que hacia aparatosos regalos, entre ellos coches deportivos. Junto a la esposa, el crítico de arte, James Lord, hacía alarde de una paciencia pareja a la de la mujer del insatisfecho personaje, que se convierte en paradigma del que era consciente de que se estaba escribiendo una página importante de la historia, en la que Van Gogh puso en valor el talento de los que la sociedad de su tiempo, incapaz de apreciar los matices, calificaba como locos. Giacometti era un hombre que triunfó en su tiempo, a diferencia del holandés, vendía sus obras a precio de oro, y haciendo exhibición de una actitud bipolar tan pronto escatimaba el dinero como lo desparramaba por su estudio; un hombre que no evitaba pensar en el suicidio y que vivía al límite. Stanley Tucci lo retrata al final de su vida, y un excesivo Geoffrey Rush se esfuerza por ajustarse al papel de un artista suizo, hijo de un pintor impresionista, Giovanni Giacometti, y un padrino fauvista, Cuno Amiet, víctima del exceso y una forma de entender la vida que resultaba provocativa incluso para la década de los 60.

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