Mientras dure la guerra. Alejandro Amenabar







Ficha técnica, sinopsis (Pinchad aquí)




¡LA BARAKA QUE SEÑALA AL UNGIDO!



Crítica:


De uno de los directores con más talento del área en la que se inscribe nuestro país, no se podía esperar otra cosa que el análisis más profundo, sosegado, bien contado y con el dominio del lenguaje audiovisual sobre el que se fundamenta el cine, de las tormentas que convulsionan a sus ciudadanos, que no siempre han sido tales, sino generalmente súbditos, desde que emergió la burguesía y la sociedad se dividió en grupos que seguían a líderes políticos que guiaban a sus adeptos por los senderos de la religión, las nuevos movimientos políticos que se desarrollan a medida que avanza el movimiento obrero (socialdemócratas, comunistas, anarquistas, seguidores de Kautsky, Lenin o Bakunin), o incrementan su poder los nuevos ricos que militan en el liberalismo y defienden la república como nueva forma de gobierno que desplaza a la monarquía:  algunas imágenes reproducen las del cuadro de Goya que representa las dos Españas por medio de dos hombres sacudiéndose con enormes palos, con las piernas hundidas hasta la rodilla en el barro. Miguel de Unamuno se erige en emblema del pueblo español, ya que el intelectual, rector de la Universidad de Salamanca, bien por altivez y misantropía, bien por auténtica ceguera, no vieron o no quisieron ver el riesgo que suponía el que un militar se auto-proclamara, con la ayuda de otros insurrectos como Millán Astray, jefe de estado 'mientras durara la guerra', un conflicto que muchos hacen llegar hasta nuestros días, sin establecer una línea divisoria entre los tres años de contienda y una larga posguerra que duró desde 1939 hasta 1975, año en que murió el dictador, con coletazos que se siguen produciendo en la actualidad y conflictos que continúan vivos como el que enfrenta al estado español y a Cataluña.

Amenábar realiza estas reflexiones, más filosóficas que históricas, centrando la máxima preocupación en el mismo título, 'Mientras dure la guerra'. A continuación aglutina todas las imágenes en torno a varios ejes semánticos que resuelven muchas dudas que siguen inquietando a los españoles. Comienza con los símbolos, especialmente la bandera española, a la que atribuye un significado polisémico en un primerísimo primer plano en el que ondea en blanco y negro y va evolucionando hasta llenarse con los colores de la republicana, lo que no sólo le sirve para ubicar históricamente el relato, sino para atribuir un valor preciso a lo que quiere contar; lo mismo ocurre con el himno, cuya ausencia de letra se explica mediante el uso desplazado del lenguaje y el recurso a figuras retóricas que añaden significado por contigüidad de unas imágenes con otras, que señalan diferencias ideológicas que resquebrajarán el bloque nacionalista español de los rebeldes, que se resolvieron en Burgos, y que Amenábar denuncia en el color de los uniformes de los soldados y que siguen a los militares que se alzaron contra la república y en sus cánticos, aunque se manifiestan en bloque como fascistas. Todo ello sin que un sólo diálogo haga alusión a estas diferencias. De forma consciente o inconsciente, el espectador, que conoce el clima político actual y los conflictos que dividen a los españoles, entiende perfectamente el discurso del joven cineasta chileno-español, nacido en Santiago de Chile, admirador de Spielberg y aventajado seguidor de su estilo, que convierte, con habilidad, a un intelectual español, que finalmente da la mano a la esposa de Franco, y que no fue capaz de prever que sus dos íntimos amigos iban a ser asesinados por los militares sublevados, un riesgo que sigue sin ver quien estira de la cuerda sin sospechar que puede romperse, fiando su futuro más inmediatos a duros enfrentamientos, sin ser conscientes de los riesgos que corren.

Los pronunciamientos finales, en especial el que hizo Unamuno el Día de la Raza de 1936 en la Universidad de la que era rector, la de Salamanca, no parece de gran profundidad política, e incluso adquiere rimbombancia con una frase que muchos dudan que el intelectual, al que Amenábar aproxima a la Generación del 98 a través de las figuras de papel que hacía mientras compartía con sus contertulios, expresara en voz alta: 'Venceréis, pero no convenceréis...", pero sí da en el clavo con una simplificación del contexto político, cuando el profesor hace su análisis que lo lleva a la convicción de que los Bolcheviques y los Fascistas se corresponden como lo cóncavo y lo convexo. Algo aparentemente tan superficial no pudo haber sido dicho por un intelectual, salvo que fuera ese hombre altivo de que hemos hablado antes, que pensara que sólo él era capaz de entender lo que él veía con claridad, cuando millones de liberales, socialistas, republicanos, antimonárquicos o cristianos que estaban en la misma posición, llevados por el miedo de morir o perjudicar a su familia, como el mismo filósofo, guardaron silencio frente a los excesos de los radicales de ambos bandos 'mientras duró la guerra', que no coincide con el tiempo estimado por el general que creía que necesitaba mucho más para liquidar a un enemigo ya derrotado. De esto habla la película, que construye su diégesis fundamentalmente con imágenes, trufadas de pequeños e insignificantes diálogos que contribuyen a desarrollar a los personajes.

La extrapolación de lo que nos cuenta este magnífico storyteller es automática en la psique de un público al que la situación actual ayuda a situarse. Si la guerra civil se produjo tras una crisis económica que se produjo tras el crack de Wall Street de 1929, que llevó a la gran recesión, ahora la población mundial padece las consecuencias de la primera crisis global que provocó en 2008 la caída de Lehman Brothers y el avance de nuevas formas de producción que impone la revolución tecnológica, que provoca despidos masivos, empobrecimiento y depauperación de las masas, que en gran parte vuelven su mirada a movimientos populistas, lo que facilita la comprensión del discurso de Amenábar.

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