Sorry, We Mised You. Ken Loach, un observador de su tiempo que no podemos perder de vista.



La crítica en época de coronavirus




Cuando España ha empezado a descender de la cumbre de un monte asesino, un coronavirus , al que se ha dado el nombre de COVID-19, (precedido por unos cuantas enfermedades provocadas por las zoonosis un virus exclusivo de poblaciones animales que muta, invade a un se humano y desde él se propaga como una nuevo patógeno que se incorpora a las nuevas enfermedades que afectan al hombre , -sida, vacas locas, fiebre porcina...-, a los que, en estas latitudes, se les dio escasa importancia porque no arraigaron con fuerza en nuestras sociedades). El nuevo hijo de la ruptura del sistema ecológico parece que llega con la intención de quedarse entre nosotros para siempre, y paradójicamente está ayudando, sin un plan  previo, a la implantación de un nuevo modo de producción, el teletrabajo, unas veces con coste marginal cero para el producto final, porque los creadores de contenidos no cobran nada por su trabajo, y otras veces retribuido para aquellos que abandonan sus empleos presenciales, corriendo por su cuenta los gastos materiales que exige la realización de su función, bajo la quimera de que son autónomos, dueños de sus propias vidas.

Ken Loach aborda el análisis de la nueva sociedad que se está creando con un criterio cientifista, que intenta abarcar, desde la ficción, esa realidad inaprehensible que reproduce el cine cuando construye una diégesis que no se aleja de la concepción del mundo y  la ideología consecuente de quien intenta comunicarse con un receptor sensible a su discurso y advertirle de lo que se avecina. Esta es una característica permanente de Loach, que mete su incisivo dedo en la llaga de un trabajador que cree firmemente que ha ingresado en la clase media y descubre con horror que sus condiciones laborales han empeorado, precisamente cuando el avance de la nueva era tecnológica, que ha entrado en nuestras vida tan silenciosamente como el COVID, a través de un simple aparatito, plano y manejable, el teléfono móvil, que, como informa la protagonista de 'Black Museum' (capítulo 6º de la cuarta temporada de Black Mirror), es tan práctico que se puede llevar en el bolsillo trasero de un vaquero, por el que los más jóvenes, mejor preparado para los avances científicos, han quedado como abducidos, que su ingreso en la clase empresarial, obligado a poner el vehículo y apagar sus cuotas de seguridad social y seguros de futura jubilación, han profundizado en su condición de esclavitud, precisamente cuando, tras la crisis de 2008, los recortes en sanidad y educación han reducido a niveles de subdesarrollo el welfare (estado de bienestar) del orgulloso trabajador de occidente. Ahora el mal llega a oficios privilegiados, como los pilotos y controladores, futbolistas y otras ocupaciones de élite.

En octubre de 2019, cuando se estrenó el film, fue recibido por sectores del público con cierta aversión por la crudeza con la que el cineasta británico describía la nueva situación de una clase media depauperada, hundida, moral y físicamente, abandonada por las instituciones. Nadie imaginaba que la revolución que no eran capaces de realizar los pseudoautónomos, incluidos los rider repartidores y sus durísimas condiciones de trabajo, la iba a llevar a cabo un virus al que habían dejado libre para saltar desde los animales a los hombres, realizando el viaje contrario al que denunciaba William Shakespeare cuando decía que el raciocinio se había refugiado en los irracionales porque los hombres habían perdido la razón. Entonces nos enfrentábamos a la historia de un hombre como Ricky (Kris Hitchen) que en su encarnizada lucha contra la depauperación y el paro desde que se inició la primera crisis global, una situación que se prolongaba desde  2008, le surge lo que parece una nueva oportunidad, la posibilidad de crear su propio negocio, que bajo la apariencia del trabajo de autónomo, que decide su jornada laboral y cobra honorarios en lugar de un sueldo, encierra la mayor de las precariedades, ya que tiene que cumplir los objetivos de la empresa y, si enferma, debe contratar un sustituto, cuyos gastos y responsabilidades corren a su cargo. La situación es dramática por la dificultad de compaginar una jornada que supera con mucho las ocho horas diarias que consiguieron los trabajadores en la revolución industrial, con la de su mujer, interpretada por Debbie Honeywood, una cuidadora de ancianos, enfermos y deficientes,  sujeta a la misma precariedad. Aunque los lazos de la familia son sólidos, la tensión provocará  las primeras fisuras.

Entonces decíamos:

"La mañana del 30 de octubre de 2019, previa al estreno del film en la tarde del 31 del mismo mes, los Cines Lys han organizado un pase de prensa, que permite a los críticos hacer una valoración que oriente a los espectadores, una magnífica iniciativa que, como todos los esfuerzos que se realizan por quienes aspiran a abrir nuevas vías que abarquen diferentes aspectos del hecho cinematográfico, hay que saludarla más por el esfuerzo de quien los pone en marcha y se arriesga en el intento, que por la sensibilidad que muestran los sectores implicados.He podido vivir esta experiencia, lo que agradezco profundamente.

Hoy se abordaba el preestreno, muy limitado, de la última película de Ken LoachSorry We Missed You, un film del director que se ha curtido en el realismo social y el activismo político, el cineasta más destacado en el género a este lado del Atlántico junto a Mike Leigh, que sigue la misma política de autor. A pesar de la sintaxis audiovisual y el tono desgarrado, áspero, sin aparente romanticismo y descarnado del cineasta británico, su escritura no está exenta de poesía, por muy distópica que sea. Ken Loach, director de películas, militante del realismo social y activista político destacado, miembro de equo, llamado guerrero social por ciertos sectores de la prensa, ha realizado a lo largo de su carrera un cine comprometido con los más débiles,  que ha dejado una huella profunda en países como España, por su análisis incisivo de la Guerra Civil que se inició con la rebelión militar de Franco en  'Tierra y libertad''. Destacado director de TV y Cine,  se inició con una serie de docudramas que denunciaban las injusticias sociales que provocaron y provocan la irascibilidad y la reacción de los sectores europeos más conservadores, que alcanzaron su punto álgido en  Cathy Come Home  (1966).

El film en VOSE comienza con una voz en off que introduce cierto grado de perturbación en una pantalla en negra, carente de imágenes que  sitúen el relato en su contexto, mientras discurren por el encuadre los créditos iniciales. A esta introducción inquietante, un elemento duro de extrañamiento,  suma otro factor que 'tensiona' el discurso, en el que es difícil establecer la causa y el efecto de la realidad que se describe, ya que los protagonistas se integran en una sociedad nueva, líquida ignorante de las contradicciones en las que con frecuencia caen los individuos, sin aparente lucha de clases, -todos son clase media, autónoma e independiente -, en la que hombres y mujeres se enfrentan a un muro infranqueable que se interpone entre ellos y su bienestar, tras el que se esconde el victimario que engaña a sus víctimas, que las trata como socios, no empleados, y las vigila por medio de un gran ojo que los acecha, y, como en el cuento de Orwell, se materializa en la figura de un capataz, Maloney, un controlador cruel, que alterna el tratamiento del socio con el del explotador que no permite a sus trabajadores descansar o acudir en ayuda de sus hijos en situaciones difíciles, una explotación de su fuerza de trabajo y de sus sentimientos que provoca en el trabajador precario un sufrimiento que cualquier padre puede entender. Que no les permite descansar  cuando están agotados, introduciendo el dedo en cualquiera de las llagas y retorciéndolo en su interior para provocar el mayor daño posible. La última secuencia es de una gravedad, no por cotidiana, más insufrible.

Ken Loach orienta las denuncias que han caracterizado su expresión ideológica desde el principio de su carrera en el contexto de la nueva era tecnológica, en la que no sólo tienen gran presencia los instrumentos  que favorecen la comunicación de los individuos, sino las nuevas relaciones de producción en cuyo seno se ha diluido el propietario de los medios de producción, ahora todos son dueños de estos medios y están solos ante esas inmensas puertas que se interponían en 'El proceso' de Kafka entre la Justicia y  el que reclamaba  inútilmente sin entender lo que le pasaba, un tormento tortuoso que afecta a toda la familia del repartidor. Así pues su cámara se convierte en un testigo de excepción del nacimiento de nuevas relaciones laborales que impone la era tecnológica, del dolor que provoca en los empleados que se integran en la nueva economía, ante la indiferencia de los de su clase y la dependencia de sus propios hijos de los nuevos instrumentos que ponen a su disposición las grandes compañías de dispositivos móviles, unos pequeños objetos en cuyo interior reside toda su vida, sus amigos, sus fotografías, sus conversaciones, que los hace vulnerables ante la nueva piratería.

Determinadas tragedias  que se producen en la vida real (muerte de jóvenes repartidores con bicicleta) que distribuyen en la ciudad los productos de grandes empresas como Amazón o Zara (empresas citadas por Loach, entre otras), que ocupan las primeras planas de los diarios más importantes,y padecen las sentencias de tribunales supremos y constitucionales que retiran sus derechos a los trabajadores enfermos, que están pulverizando todo el bienestar adquirido por la clase obrera en sus luchas desde la Revolución Industrial, demuestran que es posible el retroceso y que el avance permanente es una quimera, unos hechos que ponen de relieve que  Ken Loach y su guionista habitual Paul Laverty no andaban muy desencaminados en sus diagnósticos. Una realidad que comprenden muy bien los más jóvenes, en gran parte universitarios, obligados a emigrar.

Un film duro que se integra en el realismo social, realizado por un octogenario, uno de los más laureados por el Festival de Cannes, donde ha ganado dos Palmas de Oro, una por 'El viento que agita la cebada,2006, y otra por  I, Daniel Blake, 2016, y  que no ha perdido su espíritu combativo, cuyas reflexiones siguen suscitando el interés de amplias capas del público, que padecen también el desmantelamiento del estado del bienestar, y que soportan comentarios como el de Nando Salvá, para quien las películas de Ken Loach son como cuartos de libra con queso (...) y no sólo por la rapidez con que las hace, que también, sino por lo mucho que se parecen."

Si conseguimos vencer la pandemia, nos encontraremos con lo que el Presidente español, Pedro Sánchez, ha llamado 'nueva normalidad', en la que la situación de Ricky será mucho  más usual de lo que alguien había podido prever, pero que muchos empiezan a vislumbrar, generalizado ya el teletrabajo  y la compra-venta on line, la gente saldrá de casa a pasear, a dejar el coche, a prescindir de muchos objetos de consumo que imponen las relaciones sociales y a tomar el café y la cerveza en casa.

Muy recomendable.


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