Vida privada. Tamara Jenkins. Crítica.



Un lugar que, de momento, hemos perdido, junto a muchas otras cosas



Ficha técnica, sinopsis, lo que se dice (Pinchad aquí)


La tercera película de Tamara Jenkins logra conmover a un público no por amplio (que es más de lo que parece) en cierta medida singular: el de aquellos que sacrifican toda su existencia a ser coherentes con su determinación de llevar adelante un modo de vida que no garantiza su subsistencia material, al menos al nivel de sus posibilidades y su punto de partida, siempre, claro está, que se den las condiciones para poder decidir y estar dispuesto a privarse de otras satisfacciones, que parecen más evanescentes, pero por las que muchos están dispuestos a dar hasta la vida (una cerveza y unas croquetas en un bar de moda, unas vacaciones en playas saturadas, una habitación con vistas...). Al primer grupo pertenecen Rachel y Richard, una pareja de escritores de teatro, pertenecientes a una clase media cuarentona que vive de alquiler en un piso de renta protegida en una avenida llena de borrachos y con las paredes decoradas con graffitis. Publican en The New Yorker o en The Village Voice, hacen camisetas con su efigie, y tienen como cabecera de su cama pilas de libros clásicos y de moda.

Pero esta pareja tiene un problema: ella ha cumplido ya 41 años, y él sólo tiene un testículo y genera pocos espermas, por lo que ponen su ilusión de ser padres en la fecundación in vitro o en la adopción, sometiéndose al calvario de unos experimentos médicos mientras esperan que se les abran las puertas de la otra vía, hasta que aparece en el horizonte una sobrina política del hombre, Sadie (Kayli Carter), que tiene una sensibilidad muy parecida a la de sus tíos. Cuando acude, buscando refugio, a la casa de éstos, cree que el barrio ya está gentrificado, pero que se adapta a la vida bohemia, aunque cuidada y con gusto de sus huéspedes. Esta joven adolescente se presta a donarles sus óvulos porque por no tener nada, no tiene ni trabajo, una millennial  que no quiere volver a casa y renunciar a sus ilusiones, aunque ve en las pequeñas cesiones del matrimonio que desayuna capuchinos, el que se han sometido a 'mecanismos culturales que crean debilidad'. Una especie de hija artística de Richard y Rachel con los que puede hablar de libros,de teorías feministas y sus iconos, entre ellos Gloria Steinem, periodista y escritora estadounidense judía, y otros principios del psicoanálisis que le permiten distinguir entre supresión, si se prescinde de cualquier cosa de forma consciente, y de represión, si esta actitud la dicta el inconsciente. Todo un epitome de la persona que ha decidido dedicar su vida a cultivar su espíritu, fortalecer su ánimo y dar una importancia secundaria a lo que la sociedad, amparada por los medios, coloca entre sus deseos prioritarios.

Un relato semejante produce un relax necesario en tiempos de emociones fuertes. A los personajes les pasan cosas, y no todas agradables, e incluso hay salidas de tono muy moderado, que se corrigen rápidamente, pero la atmósfera está tan llena de aquello que hace humanos a los hombres que entienden que , como decía Aristóteles, quien tiene amigos no tiene amigo; un clima que acaba convirtiendo la película en una feel good movie , construyendo una diégesis que nos hace sentirnos bien, y que nos recuerda que nos dirigimos demasiado rápidos hacia la inmovilidad final, y que pararse, de vez en cuando, no está mal. Resulta obvio que la gente está muy necesitada de tranquilidad y buenas vibraciones y lo manifiesta en la valoración de la película de Tamara Jenkins, una cineasta de Filadelfia, que se aproxima a los 60 años (nació en 1962), hija de padre judío y madre latinoamericana, a la que le tocó vivir una vida nada convencional, que la curtió y le dio amplitud de miras que ha sabido trasladar al film.

La podéis ver en Netflix.

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