El nuevo papa. Paolo Sorrentino.(Serie TV). Crítica del blog.







LA DIFERENCIA ENTRE EL SER (PIO XIII) Y EL DEBER SER (JUAN PABLO III). EL CORAZÓN Y LA CABEZA, LA POESÍA  Y EL MAL OLOR QUE EMANA DE CUALQUIER PODER.

FICHA TÉCNICA, SINOPSIS, VALORACIÓN DE LA SERIE DE CINELODEON.








Se ha equiparado a Paolo Sorrentino con Martin Scorsese o Quentin Tarantino, probablemente por las formas, entre el  clasicismo del segundo y la provocación del primero, sirviéndose de la violencia, más moral y ética,  más contra lo que es costumbre y lo que la conciencia de algunos rechaza, que la física, a excepción de la erótica y sexual que puede disgustar a más de uno. Pero olvidamos algo fundamental: el napolitano nos apela desde el embrión de la cultura occidental, tanto desde las raíces de todo poder temporal como atemporal, y por esa razón, además de entretener y robar más de una sonrisa y/o carcajada abierta, su mensaje nos implica a todos, tanto si militamos en el ateísmo, el agnosticismo o la fe inquebrantable; un lamento que sale del fondo del alma de un hombre, nuestro admirado cineasta, que confiesa que le gustaría creer,  pero se  lo ponen muy difícil, tanto desde el púlpito como desde el vulgo o las más altas instituciones de la Iglesia. Y  no  necesita referentes del cine americano, por muy ilustres que sean, cuando cuenta en su bagaje intelectual con un imaginario que cumplen de sobra Fellini, Pasolini o el neorrealismo italiano.

En las dos últimas películas que se han realizado sobre la posibilidad de coexistencia de dos papas, jefes del Estado Vaticano y máximos representantes de la Iglesia Católica de Roma, pretendidamente ecuménica, y Los dos Papas, dirigida por Fernando Meirelles, a pesar de insistir ambas en la corrupción de todo lo corruptible en este malsano y pequeño estado, que acoge a duras penas la Basílica de San Pedro y el Museo más importante del mundo, por la grandeza de lo que cuelga de sus paredes, adorna sus estancias y su propia arquitectura, inspirada en Brunellechi, se pone el acento en ambas en la depravación, perversión e inmoralidad de unos jerarcas cínicos e hipócritas que condenan al fuego eterno a quien usa un condón y practican el sexo de todas las maneras menos honorables posibles: pedofilia, -tanto homo como heterosexual -, humillación de jóvenes estudiantes o iluminadas beatas por medio de una prostitución, que llega a límites insospechados (las pasiones del viejo vientre dominan la escena), en cierta medida neutralizados por la inmersión en un universo de neón que ilumina a mujeres espectaculares, creando una atmósfera de la actual dolce vita italiana, creada con música electrónica, rap, reggaeton o hip hop, pasados por el colador italiano.

Si Malkovich representa al Santo Padre que todos, laicos y cristianos, quisieran que fuera real, el aristocrático Sir John Brannox, un humanista culto de ojos maquillados (¿símbolo de la mundanidad que tanto inquieta a Sorrentino?), Jude Law interpreta al que lo es de verdad, un ídolo de las masas carismático. La mirada  de Sorrentino sobre ambos es benévola, y mucho más dura con su grey, (que se esconde tras sus líderes), desde la que se concentra en la Plaza de la Basílica cada vez que es convocada o se mueve espontáneamente por cualquier razón, hasta el más alto funcionario, el taimado Secretario de Estado que aspiraba al cargo de Sumo Pontífice (El que tiende puentes, de  pons-pontis); y no es más comprensivo con esa plebe que sufre la pobreza, la marginación que se basa en su diferencia económica, sexual, racial..., pero que se emociona con el 'perfume de la poesía' que emana del que se eleva por encima del orbe, el ególatra, el charlatán, en parte diablo, en parte santo, un Mesías, un Cristo, un Dios, que resucita después de 13 años en coma, cuya actitud respalda la afirmación del personaje más turbio y oscuro del film ( y ya hace falta serlo para superar a los demás), Bauer (Mark Ivanir). de que la percepción lo es todo. No falta quien sigue manteniendo que los coreanos comen perros, por mucho que eso haya dejado de ser verdad, si alguna vez lo fue, hace mucho tiempo, o que el covid-19  ha surgido a causa de la suciedad de los mercados chinos. Poco importa que entre todos nos estemos cargando el mundo y que haya dirigentes de aquí que afirmen que le gustan las calles llenas de coches, porque eso huele a gran metrópoli, aunque la tradición impone que, una vez al año, las calles de Madrid se llenen de corderos, que ejercen su derecho a  pasar por sus cañadas reales, sin enclosures que se lo impidan. Esto no lo sabe Sorrentino, que en Silvio mete en casa de Berlusconi un cordero, una metáfora de difícil significado.

¿Qué mueve el mundo? el fanatismo y la cerrazón. Para contarnos esta historia se mueve por ciudades que son verdaderos museos, aunque se le han vetado ciertos escenarios, y se puede permitir el lujo que no está al alcance de todos, de terminar con un 'traslado' del pope que evoca el de algunas imágenes de otros lugares, que desata la irracionalidad y la pasión desbordada de los feligreses, culminando con una imagen de una inigualable belleza, que asocia al Papa con el hijo de Dios, sostenido en sus brazos por la Pietà de Miguel Angel, e incluso con Julio César, el máximo responsable de la grandeza de la Roma Antiqua. No puedo disimular mi admiración por Sorrentino y todo lo que Italia representa, un país en el que conviven la gran belleza y la gran putrefacción. ¿Surgirá de nuevo allí un Renacimiento cuando entendamos que la cibernética que hace progresar al hombre no puede olvidar lo que constituye su esencia y lo que ha sido capaz de hacer a lo largo de la historia.?  Terminada una historia ficticia, se cierra la puerta del gran escenario en el que representan un pequeño papel Sharon Stone y Marilyn Manson, y volvemos al campo de bambúes, con el que empieza la serie, donde vuelan las dagas; el trío formado por un espléndido Malkovich, que nos gana desde el principio, un perfecto Jude Law, entre bello, atractivo y cínico, y un  magistral Silvio Orlando, en el papel del Secretario de Estado Cardenal Angelo Voiello, y su alter ego Cardenal Hernández, no nos permite apartar la mirada de la pantalla mientras se suceden los episodios . Magnífico Javier Cámara en un relevante papel secundario muy comprometido.

Sólo disponible en la plataforma de HBO.



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