El diablo a todas horas. Crítica.

 




LAS CONTRAPARTIDAS DE LA FE CIEGA: WILLARD, EL TRONCO DE REZAR Y EL SACRIFICIO DEL PERRO DE ARVIN.


FICHA TÉCNICA, INTÉRPRETES, SINOPSIS, LO QUE SE DICE (PINCHAD AQUÍ)


Los que estaban en contra del blockbuster están ahora de enhorabuena, aunque pienso que no van a hacer una buena digestión, porque las grandes superproducciones están siendo desplazadas, - lo más probable es que así sea hasta que se ajuste el mercado, que controlan quienes publican todo tipo de productos, lo nieguen a o no, y deciden lo que podemos leer o ver -, y son sustituidas por otras de presupuesto más bajo, que a su vez imponen un estilo y un modo de hacer, en el que la carencia de los grandes y costosos medios se hace visible en la abundancia de primeros planos y medios, y la escasez de planos generales, cenitales, angulares  y todos aquellos que contribuyen a embellecer y contextualizar una historia. En 'El diablo a todas horas hay unos cuantos de estos planos generales, sin gran artificio, aunque con una belleza buscada del encuadre que dura lo suficiente para poner en situación a los espectadores.

El film que dirige Antonio Campos, que se ha formado en el ámbito de las series de televisión, es el producto de una sociedad (la acción se ubica en los estados de Ohio y Virginia), deprimida, hundida moral y psicológicamente, que se aferra a una fe ciega, a unos modelos de comportamiento del Viejo Testamento para justificar, con atrocidades propias de los orígenes de la civilización, los excesos en todos los sectores de unos estados con una población dispersa, que se agrupa en pequeños núcleos, ya sean guardianes de la fe, pederastas de la iglesia, o aldeanos de comportamientos violentos, físicos y psicológicos, miembros de una comunidad que se justifica y esconde sus perversiones tras la creencia de que las personas a las que maltratan o asesinan son aquellas que han nacido para ser enterradas y funcionar como tapadera de colectivos que han perdido todos sus valores y se parapetan tras una fe ciega, de carácter religioso y conservador, que no les impone analizar sus actos. Ubicada en 1965, en la Guerra de Vietnam, refleja la desazón de un pueblo que ya no se siente orgulloso de liderar a las democracias occidentales, aferrado a las mínimas exigencias existenciales de un ser humano: sálvese el que pueda, aunque ello los convierta en asesinos natos enrolados en una road movie asesina filmada por ellos mismos.

Este cine contrasta con el que llega de oriente (voz que viene del verbo latino orior y que paradójicamente significa nacer, a pesar de la tradición milenaria de los países que lo pueblan), que se sienten todavía bellos e inocentes. Los personajes de 'El diablo a todas horas' no se sienten partícipes de una cosa ni de la otra, a pesar de que es la mujer de Willard la que de forma poco usual en el cine  occidental, que suele dejar la iniciativa de una relación en el hombre, lo piropea primero y lo convierte en su marido después. Pronto entenderán qué significa el concepto de aporofobia que practican sus vecinos e incluso el sacerdote recién llegado, con estudios universitarios, que desvirga a las adolescentes y las deja embarazadas con un discurso no insólito: "no hay que entender, alguna actriz como Ava Gadner y algún presidente de la nación apenas sabían escribir; hay que tener fe y dejarse llevar por ella". Será un agnóstico el encargado de vengar a las víctimas para después enrolarse en el ejército y embarcarse en la cruenta guerra lejos de su país, y a la que se incorpora entrenado y con más de un muerto a su espalda.

Un film que representa un país que ha sido un imperio que ha dirigido el mundo y que en este momento se halla en plena decadencia, en una fase crepuscular, y que es, en parte, consciente de ello. La podéis ver en Netflix.

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