No todos pudimos madurar. Joshihiro Mori, Hayato Kawai. Crítica

 



EL 80 POR CIENTO DE LA POBLACIÓN ES BASURA, EL 20 POR CIENTO RESTANTE ESCORIA. SATO RESERVA UN 1 POR CIENTO PARA LA BUENA GENTE, QUE SÓLO LO ES, SEGÚN SU AMIGO, PORQUE ESTÁN ALEJADOS DE LA REALIDAD.



Ficha de identificación, sinopsis, lo que se dice. (Pinchad aquí)



Crítica del blog.


Es difícil imaginar un origen más triste que el contexto en el que Joshihiro Mori, Hayato Kawai ubican la historia de Sato y sus amantes, en el que al individuo sólo le queda un asidero que consiste no tanto en saber dónde va, sino con quién va, como advierte Kaori, interpretada por Sairi Ito, para quien Sato estará bien, porque es interesante, algo que repite más de una vez en el relato. Partiendo de la época actual va retrocediendo en el tiempo (2016, 2008, 1998, 1996), con el objetivo de ir desmenuzando la historia de unos jóvenes desarraigados (los padres apenas tienen presencia), que viven en Tokio, la capital de un país que luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler y Mussolini e invadió Corea, país que ocupó durante 50 años, mientras la ciudad se hundía como el Titánic, y los adultos pensaban que nunca desearon, ni aun siendo niños, ser como eran ahora, un pensamientos profundamente destructivo, que muestra que la depresión nipona ha llegado mucho más allá que los muros de ladrillo, y ha hecho mella en los corazones de sus gentes. Muchas partes de esta historia quedan en la oscuridad, en la extradiégesis, y han de ser completadas por las intuiciones y conocimientos de los espectadores, como esos fogonazos, ¿ruidos de disparos?, que se oyen a través de los cristales helados de una ventana, que intimidan al patio de butacas. Dice sin decir lo que muchos sabemos de Japón, -¿suicidios de adolescentes frustrados en sus expectativas vitales? -. Una esposa pide a su marido que le devuelva el tiempo perdido con él.

Mientras el espectador se esfuerza por recomponer este caleidoscopio de un relato en el que al hombre lo único que le queda es aferrarse a sus amigos, se van dando pinceladas de catástrofes naturales, terremotos y sus réplicas, el hundimiento del periodismo tal y como se entendía hasta ahora; los reporteros intentan hacer elaborados discursos para sus lectores y oyentes, sin percatarse de que el público joven no recurre a estos soportes de información, sino que tiene sus propios vehículos y estos están en sus teléfonos. La comparación con otros países, como Corea es demoledora; mientras en el país vecino los representantes de la economía, la sociedad y la cultura se muestran con una elegante discreción, desde la ropa, el peinado, las actitudes, hasta su formación intelectual y su economía ascendente, el ídolo de los pies de barro quiere parecer más sofisticado, más occidental, pero no puede esconder su decadencia. Actores que representan a las clases medias se presentan mal vestidos, despeinados, viviendo en casas destartaladas. Ignoramos si disponen de códigos para abrir sus puertas, ya que los vemos usar las llaves, caídas en desuso en Corea, pero esto se muestra tras un cartel que nos sitúa en 1998; junto a las llaves continúan en las calles las viejas cabinas telefónicas...Nada puede expresar mejor la depresión de un pueblo  que el pensamiento expresado en voz alta de Kaori: !Cuando soy más feliz me pongo triste". Y así es la última secuencia, triste y decadente. No cínica.

Un film que nos deja una tristeza profunda, que nos evoca las películas de Naomi Kawase, y relatos como 'El bosque de luto',  sus residencias de ancianos y su denuncia del edadismo, una forma de discriminación de la que se va a hablar mucho, especialmente desde que Madonna y su posibilidad de arrastrar a las masas se ha puesto al frente, con procedimientos poco ortodoxos; El bosque de los suicidas de Hideo Nakata, o Princesa de Lee Su-jin una de las denuncias más serias de un sistema educativo exitoso, que daba los mejores resultado en los informes Pisa, inspirados en un espíritu empresarial, pero carente de formación humanística que provoca que se produzcan, con demasiada frecuencia violaciones en las que participan bandas de adolescentes que ejercen su violencia sobre una o dos chicas inocentes y desprevenidas. La protagonista, procedente de una familia desestructurada, está dominada por obsesiones desarmantes desde niña: que nadie la filme jamás y aprender a nadar por si alguna vez decide suicidarse, se arrepiente y decide volver a empezar. Esta atmósfera en un país en el que tiene como tradición el suicidio ritual por cuestiones de honor, el harakiri, o que tenía en las filas de jovencísimos pilotos abundantes kamikazes, quizá esté en la base de esta terrible realidad que Joshihiro Mori, Hayato Kawai no explican a sus espectadores y dejan que sean sus sensaciones, emociones y sentimientos, enriquecidos por la Historia, la literatura y el cine los que doten de significado a un breve plano, el relato de algo que sucede fuera de campo, que condiciona el futuro de Sato y lo convierte en un alcohólico. Podríamos seguir con ciertos cuentos tenebrosos del animé como La tumba de las luciérnagas de Isao Takahata, y otros muchísimos relatos que nos llevan a lo más profundo del alma humana, un tenebroso universo que anuncia el durísimo título de esta película que ofrece Netflix.

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