Pachinko. Comentario de los tres primeros episodios.

 



YA SE HA ESTRENADO PACHINKO, UNA SERIE CREADA POR SOO HUGH Y FINANCIADA POR APPLE+  TV. LA SERIE, DE TAN SOLO 8 EPISODIOS, QUE HA COSTADO 130 MILLONES de DÓLARES, NO EVITA  EL DEBATE SOBRE EL INNUMERABLE NÚMERO DE EXPERTOS EN GEOPOLÍTICA QUE ESTÁN SURGIENDO COMO SETAS Y OFRECE UNA ALTERNATIVA MUY SIMPLE PERO REAL: GODZILLA VERSUS SUPERMAN. 


Aunque, como ocurre siempre, cada país se mira su ombligo y sitúa en el horizonte más cercano a su máximo enemigo, y el mayor rival de Corea es, sin ninguna duda Japón, que ocupó su patria durante 35 años, desde el 28 de agosto de 1910 hasta el 15 de agosto de 1945, tras la derrota del Imperio del Sol Naciente en la Segunda Guerra Mundial. El film abarca cuatro generaciones de emigrantes, y va recorriéndolas en bucles continuos que permiten ver como ha ido evolucionando la familia de Sunja desde la era del reinado de la policía militar que ejercía una presión criminal sobre quienes apenas tenían un cuenco de arroz que llevarse a la boca (un niño japonés le dijo al nieto de la protagonista: Los coreanos habéis sido educados por perros, siempre con la cabeza metida en un cuenco y no alta como los japoneses); ahora los jóvenes de uno y otro país trabajan para grandes conglomerados, y han sido formados en Estados Unidos para trabajar en estas macroempresas, que en Corea del Sur llaman Chaeboles. Los movimientos migratorios de coreanos que huían de la represión que ejercían sobre ellos los imperios de China, Rusia (concentración de coreanos en Sajalin) y Japón, fueron llamados, especialmente los que huyeron al imperio nipón durante la ocupación de su patria, zainicchis. Muchos de ellos, como el padre de Solomon, interpretado por Jin-ha que disfruta vistiéndose de mujer, en principio para divertir a las ARMY o fans de BTS, aunque en el Photocall de la Premier de la serie vestía el clásico Hanbok, el traje tradicional de las mujeres desde la era Joseon (se puede ver en todas las fotos y vídeos de este acto), tenía dos salones de máquinas llamadas Pachinko, frecuentados por emigrantes coreanos que buscaban un golpe de suerte. Estas máquinas, que los dueños de estos locales manipulan sin rubor, dan nombre a la serie financiada por APPLE +TV. Lo visto en los tres primeros episodios demuestra que la asociación cinematográfica Corea-Estados Unidos va a poner su foco en la tragedia de un pueblo que ha sufrido frecuentes invasiones de los imperios que lo rodean, que probablemente irán apareciendo en los siguientes episodios. Una historia que todavía protagoniza las pesadillas de muchos coreanos.

Solomon y sus compañeros estadounidenses de formación son conscientes, en el mismo grado que Occidente es desconocedora de los conflictos que han provocado tanto dolor más allá de los Urales, de que la economía es global y que ningún poder se fía de otro, lo que supone que tampoco confía en sus propias fuerzas: los japoneses compran dólares, los alemanes libras esterlinas y los estadounidenses marcos, aunque lo que de verdad importa es que la propia cuenta de cada cual desafíe la ley de la gravedad; los países se vuelven irrelevantes, Ese es precisamente el problema tras la crisis que provocó la caída de Wall Street en 2008,  bien por avaricia (bonos basura y prácticas espurias como la de Lehman Brothers), bien por la incapacidad de procurar una transición ordenada a la revolución de los medios de producción que nadie es capaz de pronosticar si propiciará un nuevo modo de producción, y la pandemia que ha expandido por todo el mundo un ciudadano que no acepta que le impidan su movilidad, lo cual, y debido al incremento de la tasa de mortalidad, puede favorecer, como ha ocurrido en todas las transiciones económicas, un cambio de sistema económico. Pero Pachinko, de momento al menos, profundiza en los temores de un pueblo, frecuentemente invadido por los imperios que lo rodean, y que ha logrado crecer como ningún otro en el mundo. Hasta tal extremo llegó su desgracia, que una mujer a la que quieren comprar una de las pocas casas que quedan en medio de las grandes torres que disminuyen las relaciones entre vecinos al crecer en vertical (un país pequeño como Japón que tiene más de 127 millones de habitantes, casi tantos como Rusia, que no puede proteger sus fronteras con China y solo puede expansionarse hacia Europa) lamenta que sus hijos no aprendieron coreano en Japón y ahora no conocen el idioma en que sueña su madre, que, ya anciana, estudia el bachillerato.

Muchos occidentales son aficionados a la gastronomía coreana, pero desconocen cómo la comían quienes, en otros tiempos,  vendían esta col fermentada con chile en polvo por las calles, conservándola entera y cortándola a la hora de comerla. A esto se dedicaba un antecesor de Solomon, al que le gustaba poco fermentada y con el ajo todavía fresco.  Hay muchos aficionados a la gastronomía coreana, pero desconocen los humildes orígenes de los platos populares, que generalmente se basan en los productos que da la tierra en cada estación, una dieta en la que juega un papel fundamental el arroz, como ocurre en cualquier país asiático. Dicho esto acerca de los tres primeros episodios, en los que Lee Min-ho demuestra que es uno de los actores más versátiles del momento, y que tan pronto puede enloquecer a sus fans con canciones como Say Yes, atraparlos con personajes como el de Jun Pyo en Boys over Flowers, el Rey, ese monarca eterno que vive en una dimensión paralela a la República de Corea, o cualquier otro de los muchos que ha representado, y que aquí desempeña el papel de un funcionario japonés, a pesar de su origen coreano, Corredor de la Lonja, vestido como un señor y, de momento, con la gravedad que exige su personaje.

No hay estudios serios sobre las características de los kdramas de la Hallyu Wave, pero si comparamos el lenguaje de cualquiera de las series que se emiten por TV con el film que protagoniza Lee Min-ho, el llamado Rey del Hallyu, es obvio que en Norteamérica el relato se ha troceado, se ha fragmentado, no hay, en apariencia, efectos especiales, pero si nos fijamos bien las cámaras son inquietas, ascienden hacia planos cenitales para mostrarnos el contexto en el que se mueven los personajes y a continuación, sin solución de continuidad descienden para escudriñar los sentimientos, los temores, las pasiones de los personajes. Es obvio que el cortar y pegar se ha convertido, al cruzar el Atlántico, en el sujeto de la enunciación, mientras el relato adopta la forma de un tirabuzón que gira sobre sí mismo y nos lleva al comienzo del conflicto, a la época de la represión y el miedo a los ocupantes, para seguir deslizándose de nuevo y mostrar a Solomon, unas veces en New York, otras en Tokio, recordando las afrentas que padeció siendo niño de los ocupantes japoneses. Frente al ritmo tranquilo y pausado, la reflexión  constante que precede a la acción, al llegar a América se ha impuesto la que ha sido la mayor contribución de los norteamericanos a la cultura, con independencia de que ésta sea literaria, musical, pictórica o cinematográfica: la acción, en este caso más contenida la improvisación. Narrada en la lengua de sus actores, Japón no ha quedado al margen del relato.

Si analizamos más detenidamente el equipo técnico-artístico, vemos que, si bien el creador y suponemos que adaptador, Soo Hugh y los directores, Justin Ochon  ( de ascendencia surcoreana, emigrante de segunda generación en Estados Unidos) y Cogonada son coreanos, que adaptan la novela de una escritora coreana-americana. Es decir, son dueños de su historia. Lo mismo ocurre con el elenco de actores. Pero cuando entramos en otros territorios como la edición, a cargo de montadores como Joe Hobeck (Across the Universe), dirección artística, música o dirección de fotografía, cae fundamentalmente en manos de norteamericanos y algún alemán. Lo mismo ocurre con la producción ejecutiva, que se reparte a partes iguales entre ambos sectores, el oriental y el occidental, y el resultado es espectacular. Una serie que no es del todo americana, ni del todo coreana, pero que evidencia el acercamiento de dos universos idiosincráticos y estéticos que parecían muy distantes. Solo llevamos tres episodios, de 8. Veremos. Curiosa la costumbre de Jin-ha de vestirse de mujer en cualquier ocasión.



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