El bailarín. Ralph Fiennes. Crítica



EL NUEVO NUREYEV: UN JARRO DE AGUA FRÍA



Ficha técnica, sinopsis, lo que se dice (Pinchad aquí).


Ralph Fiennes aborda un trabajo muy difícil: llevar a la pantalla la representación de un artista, en el fondo y en la forma, un bailarín que en cada movimiento de cualquiera de sus miembros expresa la cultura milenaria que se esconde tras el arte que practica y del que ha dejado profundas huellas en documentos vivos como las películas, y, en especial en la que representa en cada encuadre a un mito del cine, 'Valentino' (1977), creando un personaje nuevo en el que logra unificar la mirada del espectador: el finado Rodolfo Valentino reencarnado en el cuerpo de Rudolf Nureyev. Fiennes no lo tenía tan difícil. Su objetivo era contar la petición de asilo político del ruso en el aeropuerto de Le Bourget, tras escapar de la estrecha vigilancia de sus guardianes políticos, apoyados en agentes del KGB, en plena guerra fría, una circunstancia que favorecía el hielo diplomático que se interponía entre las dos superpotencias dominantes: Rusia y Estados Unidos. Pero el actor convertido en cineasta se ha enredado, como ya le ocurriera en 'Coriolanus', ha estirado un chicle que no daba para tanto durante más de dos horas, recurriendo a una estructura de bucle sin solución de continuidad que se expande en tres espacios temporales: la infancia del mito en Ufá, capital de la República de Bakortostán, Rusia, al oeste del área de los montes Urale, con imágenes en blanco y negro que emulan 'La infancia de Ivan' de Andrei Tarkovskiy; la formación del joven bailarín en Rusia, dirigida por Alexander Ivanovich Pushkin, que desde su puesto en la escuela de danza del Kirov revolucionó el ballet en el mundo a través de sus dos mejores alumnos: Rudolf Nureyev, con el que compartió hasta su esposa, y Mijail Varishnikov, y su estancia y detención en París. Esta organización del texto cansina y reincidente empeora con la elección de un bailarín como protagonista, pensando que es más fácil que quien domina el oficio puede  representar mejor un personaje que un actor que no sabe bailar, pero que en la práctica cae sobre el suelo como un monolito de piedra carente de la gracilidad del enjuto y flexible personaje que le sirve como modelo, una imagen especular distorsionada, ciclada, escasamente proclive a mostrar algo más que un cuerpo ciclópeo y macizo.

Planos obvios e innecesarios, cosidos de forma arbitraria en una edición nada brillante y lo que es peor, carente de emoción, lo que en la recreación de un personaje que procedía de una zona industrial, con abundantes zonas deprimidas en las que dio sus primeros pasos el joven Rudi, no contribuyen a crear un mito. La insistencia en las condiciones en que vivía el pueblo ruso se pronuncian cuando la madre del héroe lo alumbra en un tren de la época, abigarrado de gentes, comiendo, jugando a las cartas, durmiendo o pariendo, filmado en blanco y negro, lo que dota de carga semántica la ausencia de color. Interesa explicar cómo se hace un hombre que lucha constantemente contra las circunstancias en que sintió la llamada del arte, subrayando su interés por la cultura, e incidiendo machaconamente en el placer de disfrutar de Gericault, Rembrandt, Picasso y las vanguardias parisinas, por la literatura y el conocimiento de los escritos de Malraux, o cualquier otro conocimiento que mejore su sensibilidad, lo que acaba ahogando toda expresión de sensibilidad, de emoción o de cualquier otra pasión que, al tratarse de un artista de la talla del bailarín ruso equivale a un asesinato intelectual del hombre. Destila más turbación, agitación y sabiduría emocional Nureyev en unos minutos representando a Valentino, que Oleg Ivenko recreando a Nureyev durante dos horas. El balance final es bastante pobre; sólo nos quedan dos secuencias que nos han rozado un poco la piel: la reunión de unos amigos en torno a una mesa cantando una canción popular rusa, y la huida del joven de sus carceleros ambulantes. La contextualización del film en plena guerra fría no parece muy justificada en la actualidad, cuando hace ya muchos años que cayeron las Repúblicas Socialistas Soviéticas sin que la llegada del capitalismo haya mejorado la situación de las masas, con la excepción de que la madre Rusia ha dejado de exportar músicos, bailarines, atletas o incluso científicos, por una razón muy sencilla: porque ya no los produce. Sólo queda en la retina un joven musculoso que se mueve con torpeza, rudo, sin formas, maleducado...como corresponde a la zona de los Urales en la que nació uno de los bailarines más famosos del mundo y dio sus primeros pasos en la danza clásica. Después vendrían incursiones hacia el bailer moderno.

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