El juicio de los 7 de Chicago. Aaron Sorkin. Crítica.

 





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Crítica:


Hablando del cine coreano decíamos hace poco que, dependiendo de lo que ocurriera en estas elecciones en Estados Unidos, o volvíamos a la Granja de Orwell o hacíamos la revolución a la manera que la socialdemocracia occidental, más o menos radical e incluso plutocrática (también lo eran las viejas democracias de Grecia y Roma), el menos malo de todos los sistemas, resolvía sus ajustes votando cada cuatro años de acuerdo con su conciencia. Una estrategia que todos respetan y que proclama abiertamente el representante de los hippies de YIP, Abbey Hoffman, que acabó quitándose la vida en 1989, tras escribir un libro del que apenas vendió unos cuantos ejemplares, ya que se distribuyó con un lema muy orientativo, 'roba este libro' : votando cada cuatro años en conciencia. De esta manera responde al ser preguntado por el fiscal, cuando escucha de su boca la base de la concepción estadounidense de la democracia, formulada por Lincoln en el discurso inaugural del nuevo estado, escrito en 1861:  "Cuando el pueblo se canse de su derecho constitucional a enmendar al gobierno, debería ejercer su derecho revolucionario a desmantelar y derrocar a ese gobierno".   Ante los temores que invadían a la vieja Europa en vísperas de estos comicios decisivos para todo occidente, se ha demostrado de nuevo que los estadounidenses,- que no se dejan arrebatar de manera partidista los símbolos-, han sabido unirse para defender su historia,  que, en caso de haberse producido de otra manera, parecía augurar el triunfo del imperio de oriente, ya constituido, sobre el liderado por Norteamérica. Pero el pueblo norteamericano ha demostrado haber entendido el reto al que se enfrentaba y ha votado en consecuencia; hace también unos días el líder popular español decía que no había nada parecido en EE.UU. a lo que representa el partido del presidente de nuestro país; lo que se ha demostrado es que sí hay algo gemelo a lo que su coalición representa y acaba de ser derrotado para alivio no sólo de Norteamérica, sino de la vieja Europa y el naciente imperio ubicado donde nace el sol.

La película de Aaron Sorkin, ubicada temporalmente en la década de los 60, cien años más tarde del famoso discurso inaugural de los Estados Unidos de Lincoln, nos introduce de hoz y coz en el clima asfixiante creado por los republicanos conservadores, que meten en un mismo saco lo que para ellos es la hez de la sociedad, -hippies, estudiantes rebeldes, negros ( YIP, SPD, MOBE, Nueva Izquierda)...-, y en su combate no dudan en socavar la democracia que dicen defender en su ataque a los social-comunistas, jóvenes disconformes con la Guerra de Vietnam, que inician una peregrinación que parte de Nueva York y osa hollar diferentes Estados, -Pensilvania, Ohio, Illinois, hasta desembocar en Chicago para protestas ante una Convención demócrata en el Hotel Hilton, en el que se congregan los que tienen apenas diez años más que ellos y se han olvidado ya de sus luchas juveniles-. Desde el principio se observa que esa coalición social-comunista es una milonga; el líder de los Panteras Negras, detenido sin relación con los altercados, se enfrenta a los jóvenes izquierdistas, revolucionarios como Lincoln, y les espeta: "Vuestros padres son todos calcados: "Córtate el pelo, no seas marica, respeta el país, respétame a mí". Vuestra vida consiste en renegar: "Que te den", dirigido a sus padres. Pero esas cuitas son superficiales y no se pueden equiparar, ni de lejos, con el temor a morir colgado de un árbol.". Sin defensa legal, amordazado y maniatado por orden del juez, con el disgusto de los fiscales, sufre un descalabro cuando el compañero que lo ayuda en su defensa, Fred Hampton (Kelvin Harrison), sin ser letrado, es ejecutado por la policía, que le dispara primero en un hombro, por si lleva armas, y, una vez invalidado, en la cabeza.

Las luchas ideológicas  entre los que ostentan un cargo y los que lo han ejercido se pone de manifiesto con la declaración del Fiscal General del Estado del tiempo de Johnson, Ramsey Clark, que se enfrenta  a los fiscales que maneja su homólogo en la era ya de Nixon, que cambia su visión de los enfrentamientos entre los jóvenes y la policía y su predecesor. Las disidencias también son fuertes entre los jóvenes que protestan, entre los de formación universitaria y los hippies; los primeros se quejan de que, transcurrido cierto tiempo (ya han pasado casi cincuenta años de estos acontecimientos) solo quedará en la memoria colectiva a los seguidores de los líderes más radicales su estrategia de repartir margaritas a los soldados, una superficialidad que oscurece el verdadero motivo de su puesta en marcha: la desigualdad, la injusticia, la lucha por la educación y el progreso y contra la pobreza. El líder estudiantil , Tom Hayden, sería elegido, años después, en varias ocasiones como representante del Estado de California, mientras el representante de la revolución del amor, que lee los libros del estudiante, se acabará suicidando, fiel a las ideas que defendió, pero infeliz por arzones que él solo conocía. Hoy Norteamérica despierta y se pone de nuevo en su lugar en defensa de los marginados por cualquier razón, aunque muchos de ellos hayan caído en la bebida y la drogadicción, y han visto las ventajas de la unión para vencer a personajes como el que acaban de derrotar.

El film lleva el sello de Amblin y defiende como suya la potenciación de la emoción con técnicas que han sabido emular los coreanos y sorpresas finales como las que ponen el broche a las películas de Spielberg, que no podemos desvelar para evitar el temido spoiler. La atmósfera sobria y a la vez cálida, es propia de películas como Munich o Lincoln, del llamado 'Rey Midas', porque todo lo que toca se convierte en oro, y Aaron Sorkin ha aprendido bien la lección. Su recurso a saltos de eje, que alternan los diferentes puntos de vista dentro de la sala de juicios evocan a directores clásicos, ya se llamen Alan J. Pakula, Sifney Pollack (Quim Casas) o el mismo Ernst Lubitsch. El montaje es clásico, muy acorde con la severidad del tema, y la banda sonora en su conjunto no desvía la atención de un film en el que los diálogos, que forman parte de la estructura literaria del guion, llegan al espectador sin demasiado ruido. Un film que no sólo advierte de que los EE-UU. no se van a dejar arrebatar su riqueza cultural que han sabido apreciar los coreanos o que sus creadores pueden trabajar sin temor en el suelo patrio, y que, al menos de momento, se dan un receso; las nuevas plataformas enseñan su músculo, y especialmente Netflix, que no sólo da oportunidades a las segundas generaciones de emigraciones, sino comienza a atraer a sus filas a directores, guionistas y actores de primer orden de la Meca del Cine.




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