El fuego fatuo. Louis Malle. Crítica




Es ridículo tumbarse encima de una tumba borracho, cuando puedes abrirla y meterte en ella


Ficha técnica, sinopsis, lo que se dijo (Pinchad aquí)



Crítica:


Louis Malle, un burgués acomodado, nacido en Thumeries, Francia, y fallecido en California, un país en el que realizó una de las películas más emblemáticas sobre la prostitución infantil , 'La pequeña' (1078), y 'Mi cena con André' (1981), ingresó en el mundo del cine, mostrando desde el principio una gran capacidad de observación del mundo que le rodeaba, abarcando todas las posibilidades que ofrece el cine como modo de representación de las que no se excluye el entretenimiento, una diversión de la que hace gala en 'Zazie en el metro' (1967), un film que vino después del impactante thriller 'Ascensor para el cadalso' (1957), interpretado por Jean Moreau y el mismo Maurice Ronet. En su segunda etapa francesa nos dejó como legado una película que araña nuestra conciencia,' Adiós, muchachos' (1987), en la que obliga a despertar a su público y lo sitúa al final de la inocencia.

Espíritu al parecer libre y poco inclinado a someterse a cualquier tipo de consigna, aunque fue coetáneo de la Nouvelle Vague, no se integró en el movimiento, aunque participa de muchas de sus características, pero también del pensamiento íntimo de Tarkovsky, cuando afirma que crear es su vida, y que no comparte la idea de quienes quieren hacer del arte algo educativo, como ocurre con otras actividades espirituales. Concluyendo que "el conocimiento nos aleja del conocimiento; cuanto más aprendemos menos sabemos. Profundizamos tanto que dejamos de tener una visión global de la vida. El propósito del arte es ayudar al hombre a mejorar espiritualmente usando su fuerza de voluntad". La Nouvelle Vague pretendía abrir nuevas ventanas al mundo.

Desde este posicionamiento ideológico, optando por un política de autor, no obvió temas tan duros como la prostitución infantil, el terrorismo que afectó a niños y adolescentes, bien como victimas o como victimarios, (Lacombre Lucien, 1974), unas prácticas con las que los nazis atemorizaron a Francia, el amor tóxico, o, como en este caso, el suicidio. Ocho años antes de que Gabriel García Márquez escribiera su 'Crónica de una muerte anunciada' (1981), Malle nos cuenta la terrible historia de Alain Leroy, un hombre que se hizo alcohólico esperando que le llegara el éxito, el amor o una situación acomodada, sin poder tocar con sus manos la recompensa a sus esfuerzos. Un hombre atractivo que gustaba a las mujeres y provocaba resentimiento en los hombres, que lo despreciaban apoyándose en su conocida mala suerte, incluido el doctor que se deshace de él cuando todavía no estaba rehabilitado porque las circunstancias objetivas que impedían su curación seguían vigentes, si bien le aconseja que no vaya a Paris, un enclave de la vieja Europa, en la que le rigidez de las clases sociales y su impermeabilidad es mayor que en el nuevo mundo, donde tenía más posibilidades de integrarse.

Pero Leroy no está curado y no sigue las prescripciones. Va recorriendo, en una especie de 'road movie urbana', un camino que lo lleva desde el burgués que cree que ya ha acumulado bastante dinero y ahora puede dedicarse a 'martirizar' a los advenedizos que creen que forman parte de la élite con una erudita (en el peor sentido de la palabra) y penosa historia de los egipcios, o del arte y los restos arquitectónicos y funerarios de este pueblo milenario, pasando por quienes no han aceptado la derrota en la batalla de Argel, o quienes forman parte de una aristocracia ultraconservadora, que se comunica entre sí con mano de hierro pero con guante de seda y grandes dosis de hipocresía. Todos temen un fatal desenlace, pero, como los burgueses de Buñuel en 'El ángel exterminador', son incapaces de salirse de sus papeles y echar una mano al amigo que les ha anunciado su muerte y cuyo recuerdo dejará un brochazo negro oscuro en sus almas pristinas, como el que ensuciaba los lienzos inmaculados de Hartung, que señalaba con este gesto el sentimiento de culpa norteamericano por la forma en la que se apropió de todo y masacro a los aborígenes, relegándolos a cárceles encubiertas, tanto físicas como psicológicas. Alain es la personificación de la angustia, tal como la definió Kierkegaard, del hombre que se encuentra al borde del precipicio y que acabará dejando una herida incurable en quienes, pudiendo haber evitado su muerte, se limitaron a verlo marchar.

Louis Malle opta por el blanco y negro, el dominante en la época, al que paradójicamente se inclinaban quienes preferían el cinéma vérité, sin tener en cuenta el horror que sintió Maximo Gorki la primera vez que fue al cine. El gran apóstol del naturalismo literario, pone límites al entusiasmo generalizado ante el nacimiento  del nuevo modo de representación: "La noche pasada estuve en el Reino de las Sombras. Si supiesen lo extraño que es sentirse en él. Un mundo sin sonido, sin color. Todas las cosas - la tierra, los árboles, la gente, el agua, el aire - están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises del sol que atraviesa un cielo gris, grises ojos en medio de rostros grises y, en los árboles, hojas de un gris ceniza. No es la vida, sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silencioso (...) Y en medio de todo, un silencio extraño, sin que se escuche el rumor de las ruedas, el sonido de los pasos o de las voces. Nada. Ni una sola nota de esa confusa sinfonía que acompaña siempre los movimientos de las personas" Para él no era la vida, sino la muerte. (Noël Burch, 'El tragaluz del infinito'). Pero es precisamente lo que escandaliza al escritor, lo que conviene a la historia que Malle cuenta.

A esta ausencia de color, y como consecuencia de calor', el cineasta francés introduce elementos de extrañamiento. La primera secuencia, de cama, se desarrolla en una habitación que invita poco al romanticismo, con sus paredes vacías, oscuras, sus cortinas sombrías, y el hombre y la mujer en una cama de hierro lacada, gemela de otra colocada a su alrededor. El cambio de escenario y la ubicación de Alatan peculiar que produce el mismo extrañamiento y que introduce al espectador en el universo demoledor del personaje, llegando, en momentos de angustia y excitación a una filmación nerviosa, que sigue con brusquedad y escasa armonía los movimientos de Ronet tomado en planos medios que dejan ver su rostro a medias y hacen ostensible la agitación de su cuerpo. Todo induce a pensar que nadie ni nada puede impedir la tragedia, un sentimiento que se va acrecentando a medida que nos acercamos al final de una película de carácter existencialista, muy aconsejable en tiempo de mentalidad líquida, aunque solo sea para comprobar que ni los tiempos ni las situaciones, ni la idiosincrasia y la ideología de los seres humanos, muy complejos, se repite.

Podéis encontrar el film en las estanterías de tiendas especializadas.

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